domingo, febrero 7

EL AMOR Y LA CREENCIA

Fede, muchacho joven de 22 años, estaba furioso, desconcertado, con oposición fuerte en sus pensamientos. Concluía que sus padres no lo querían. Repasaba en sus experiencias todos los detalles donde notaba la carencia afectiva en su vida.

Un tumulto de ideas, de visiones, de sentimientos heridos se hacía eco en sus sienes. La fuerza en su interior era fuerte. La frustración irrumpía con fuerza y con cierto grado de dureza se revolvía en sus lamentos, en sus llagas y en sus razonamientos. 

Fede volcaba este estado de su ser a un amigo tratando de aliviar su desequilibrio interno. La erupción de su volcán interior estaba a punto producirse. La fuerza de no sentirse amado resonaba fuerte y con ímpetu en sus pulmones agitados y en su falta de paz y serena tranquilidad. 

El amigo le escuchó. Actuó como su recipiente donde pudo echar los resultados de su frustración de amor. El amigo, pasado el momento del volcado de la lava de aquel volcán, entendió que todo venía por una creencia en la mente de Fede. Una falta de comprensión. 

Sin darse cuenta, les estaba exigiendo a sus padres algo imposible de realizar. Fede era inteligente, perspicaz, tenía una veta profunda espiritual y podía captar emociones con una gran celeridad y certeza. Era despierto y destacaba en sus argumentaciones muy precisas y claramente elaboradas. 

Fede fue aprendiendo las habilidades de la vida a muy corta edad. Sus padres se vieron sorprendidos por la acusada precocidad de su hijo. Fue tomando decisiones, fruto de su capacidad intelectual, que descolocaban la experiencia de sus progenitores. 

Además de las capacidades intelectuales, también destacaba, en Fede, una fina sensibilidad hacia lo bello, hacia lo profundo y hacia la sutileza espiritual. Un conjunto de cualidades para impactar a cualquier persona en el ámbito donde se desenvolvía Fede, y, también, en otros ámbitos más cultos, abiertos y complejos.

A pesar de ello, reclamaba, de la sencillez de sus padres, una comprensión para llenar de amor su interior. Su amigo le fue dirigiendo por estas sendas de la reflexión. Le hizo ver la distancia que había entre él y sus padres. 

Poco a poco se serenó el espíritu de Fede. Abrió su mente y fue admitiendo otras ideas, otros supuestos que equilibraban, de alguna manera, sus razonamientos hacia otro estado, hacia otra evolución, hacia una visión más amplia y llena de luz tranquila de él y de sus padres. 

Ellos le habían dado la vida biológica. La habían mantenido y la habían cuidado con esmero. El regalo de la capacidad intelectual y sensitiva era un dominio que los superaba en muchos aspectos. 

Fede fue considerando esta nueva vertiente. El horizonte de sus conceptos se amplió. Empezó a comprender su complejidad y la distancia, en este campo, con sus padres. Valoró todo el esfuerzo realizado por ellos en los dominios que entendían y comprendían. El agradecimiento subía en su corazón. Sus sentimientos salían en otra dirección. 

La figura de sus padres empezó a cambiar. ¡Qué maravilla de ayuda había recibido! ¡Qué maravilla de atención le habían brindado! Ahora sólo quedaba dar un paso más. Comprendía la distancia de sus almas, de sus conceptos y de sus nuevos descubrimientos. 

Se topó con algo muy importante: el amor no se puede exigir. El amor no se puede obligar. Nace de un espíritu comprensivo. Nace del corazón. 

Fede quedó pensativo. La luz de un nuevo horizonte iba tomando posesión en él. Una luz clara y precisa iba poniendo en orden su pensar. Se daba cuenta que la dirección de sus sentimientos estaba equivocada. La dirección oportuna era de su corazón al de sus padres. 

Descubrió este pensamiento y encauzó toda la fuerza del volcán de sus sentimientos hacia sus padres con gran comprensión. Ya no rugía su montaña interior. Ahora unos ríos claros y limpios de agua vivificadora manaban de su mente, de su pecho y de una nueva visión. 

La vida le enseñó que la exigencia nace de la carencia. La exigencia nace de los pensamientos. La exigencia no tiene cabida en el sentimiento. Se abrió, y generoso, como lo es el amor, dirigió sus ríos de claridad de agua hermosa hacia sus progenitores.

Encontró, de inmediato, una alegría difícil de explicar por el alborozo de todos los poros de su cuerpo. Cambió sus pensamientos, su comprensión. Y se hizo presente, con toda su fuerza, el AMOR. 

sábado, febrero 6

MIEDO versus AMOR

Las dos emociones ocurren dentro de nosotros. Dos emociones llenas de presencia en la experiencia. Englobar todas las situaciones en estas dos palabras: MIEDO y AMOR, es el compendio de lo que pasa en nuestro interior.

El MIEDO nos paraliza, nos inquieta, nos reduce y nos obliga a limitarnos. El AMOR nos expande, nos da energía, nos da alas y emprendemos los proyectos de nuestra vida. 

Son interruptores dispares. Son melodías opuestas. Son un encuentro de extremos y, sin embargo, viven los dos dentro de nosotros. 

Con los ojos del AMOR, vemos las dificultades pero las minimizamos. Con los ojos del MIEDO, vemos los inconvenientes y los magnificamos. El AMOR supera barreras. El MIEDO las pone, las fortifica y las dispone para su defensa. 

A veces pensamos que en momentos hay que tener AMOR y en otros MIEDO para defendernos mejor. Una mezcla que no sabe deducir cuando aplicar una o la otra. 

En el AMOR hay plenitud. En el MIEDO, carencia. Y no nos damos cuenta de que el miedo puede crear más barreras para buscar soluciones. Puede complicar la situación y puede evitar encontrar la respuesta adecuada. 

El AMOR, con su plenitud, con su cambio, con su adaptación, con la visión siempre mejor de cada incidencia, derriba obstáculos, minimiza palabras y apacigua los enfrentamientos. El AMOR es plenitud siempre. Siempre recoge cosecha de comprensión y agradecimiento. 

El MIEDO recoge consecuencias de rechazo y disparidad de pensamientos. El MIEDO siembra suspicacias y comparte errores que no quiere que sucedan. Sin embargo, esos errores proyectados por nosotros, aparecen en las otras mentes y les damos energía. 

Todos tenemos en nuestra vida estos momentos vividos: momentos de AMOR y momentos de MIEDO. Emociones muy amigas pero que aceptamos como normales y las alternamos como el sol y como la luna en sus cambios naturales. 

El funcionamiento normal del cuerpo está concebido para el AMOR. EL MIEDO solo tiene su lugar en momentos de peligro, en instantes de supervivencia. Debe ser una emoción corta en el tiempo y no como un síntoma normal. 

En cambio el AMOR tiene su asiento regular en el funcionamiento de nuestro organismo. El AMOR es plenitud y vivimos de su abundancia con total felicidad. Vivamos el AMOR, desarrollemos el AMOR y démosle en nuestra vida carta de naturalidad. 

Con AMOR desaparecemos nosotros y nos llenamos de verdad. Con MIEDO nos centramos en nosotros, nos sentimos aislados y abandonados. Nos consideramos solos y nos llenamos de error. 

Con AMOR entendemos toda la universalidad. No estamos solos. Estamos contentos sintiendo los abrazos de toda la justicia universal. Con MIEDO los demás se convierten en lanzas afiladas que aguijonean nuestro bienestar. 

¿Cómo pueden vivir estas dos emociones opuestas en nuestro interior? Sencillamente por nuestros pensamientos. Cuando somos posesivos, tememos perder. El MIEDO hace su aparición. Hay escasez. No queremos perder. Nos angustia.

Cuando somos generosos, no tememos perder. Nos alegramos con compartir. El AMOR aparece con abundancia. Nos alegramos. La alegría nuestra y la de los demás, nos hace vibrar en conjunto y la felicidad hace su casa en nuestro interior. 

Somos libres para elegir en cada ocasión. Una libertad que aparece cuando dejamos de corregir a los demás. Descubrimos que solamente tenemos la oportunidad de corregirnos a nosotros mismos. 

Así el AMOR se proyecta en los otros con total comprensión. No vamos a corregir. Vamos a apoyar, a comprender y a valorar. Y con este pensamiento tan sencillo obviamos el MIEDO que atenaza nuestro desarrollo, nuestra experiencia y nuestra plenitud.

Vivamos el AMOR con todas las fuerzas de nuestra nueva visión.

viernes, febrero 5

OJOS LLENOS DE ILUSIÓN

La energía del infinito se hace presente en nosotros. Nuestros anhelos se sienten colmados. Nuestros ojos ven, a lo lejos, horizontes nuevos de paz, de satisfacción, de seguridad y de un regocijo interno de cambio total. 

Así algo infinito se va construyendo en nuestro corazón. La eternidad se hace presente y el momento que estamos viviendo se llena de total significado. Un intenso deleite asoma en nuestros ojos y en nuestra sincera comunicación. 

Se unen las manos. Se unen nuestros gozos. Se unen nuestros corazones. Se descubre la unión. Todos caminamos, como un solo cuerpo, viviendo el milagro de la mutua, apreciable y querida comprensión.




jueves, febrero 4

EL PERDÓN: LA PUERTA DE LA TRANSFORMACIÓN

Carlos se encontraba en su habitación. Eran las doce menos cuarto de la noche. Estaba preocupado, angustiado, absorto. Un incidente había ocurrido durante el día que le había afectado sobremanera. Una calumnia sobre él se había deslizado en una reunión de trabajo y se había expandido como el agua que cubre todas las oquedades.

“Luchar contra el error es duro. Luchar contra la calumnia es más duro todavía” pensaba Carlos en su interior. Era la primera vez, en la vida, que se veía envuelto en un asunto de tal calibre. Estaba en juego su honestidad y su credibilidad. Es duro confrontarse con unas manifestaciones vertidas en la reunión de unas veintidós personas y no poder aclararlas por falta de tiempo. 

Se había pospuesto tratar el asunto que le concernía al día siguiente. Carlos estaba tranquilo en lo que a él respectaba. No había cometido, por su parte, ninguna deshonestidad ni falta a la verdad. Pero la mancha de la calumnia estaba vertida. Salpicaba y emborronaba todo lo que encontraba en el camino. 

Miles de pensamientos opuestos cruzaron su mente, sus imágenes y sus razonamientos. Un peso se hacía presente en la rudeza de la acusación y en la falta de sensibilidad en la exposición. Siempre entendía que primero se dicen las cosas personalmente, tal como la honestidad orientaba, y después, si era necesario, se recurría al grupo para dirimir las divergencias.

Nunca le habían comentado nada. Nunca le habían expresado discrepancias. Por ello, se sorprendió que salieran en público, sin tener anteriormente una conversación sobre el tema. Carlos se repetía que él nunca haría así las cosas: “Se hiere de forma gratuita y no se busca la solución sino la confrontación”. 

Por la tarde recibió algunas llamadas. Personas presentes en la reunión que captaron cierto hálito de malicia al ver que no se había informado personalmente y habían sido testigos de la breve confrontación que se produjo. Quisieron expresarle su apoyo a Carlos. Le indicaron que las formas eran inadecuadas y que el tema no se debería nunca haber dirimido públicamente. 

Carlos les agradeció su opinión, su apoyo y los principios que esgrimían. “Siempre hay confusiones en las personas y debemos clarificarles”, les decía. Las voces, al otro lado del teléfono, querían resaltar la malicia que dibujaba tal acusación. Pero Carlos trató de comprender el malentendido y al siguiente día se resolvería la cuestión. 

Carlos dio la impresión, a las personas interesadas en él, de tranquilidad y cautela. Sin embargo, su interior estaba incomodado grandemente. Una tormenta rugía en su interior. No tenía paz. No tenía tranquilidad. Y sabía que en ese estado no podría descansar. Una noche en vela se presentaba ante él. 

Daba vueltas en la cama. Se revolvía. No estaba quieto. En un momento se dispuso a hablar con el Espíritu, con esa Conciencia cósmica universal, con esa Justicia amplia de verdad que está por encima de cualquier intención particular y de cualquier actitud equivocada personal. 

- Ya sabes que esta noche no voy a dormir. El dolor interior me corroe con toda fortaleza y con toda su punta afilada ahondando donde duele de verdad. La noche en vela me espera. Mañana estaré agotado y no podré hilvanar bien mis ideas en la exposición del tema. 

Carlos calló un momento. Se quedó en silencio. Su mente pensando en lo que acababa de expresar y su inquietud reforzada por su razonamiento. Se sumió en sus pensamientos de confrontación. Y entre todos los argumentos que manejaba, se destacó algo, como una voz interna, que le decía: “perdónalo tú”.

La reacción de Carlos fue vital, fuerte y espontánea. ¿Cómo me pides esto a mí? Yo no he cometido ningún daño a nadie. Me lo han hecho a mí. ¿Es inaudito que me lo pidas a mí? ¿Yo tengo que perdonar a quién me ha ofendido públicamente, ha puesto en tela de juicio mi honestidad y me ha emborronado las páginas de mi credibilidad? Es un contrasentido. 

A pesar de los argumentos que luchaban por salir, dando tropezones los unos con los otros, y la estupefacción de Carlos, la voz interna volvió a repetir: “perdónalo tú”. La segunda vez no encontró tanta resistencia en Carlos. 

Empezó a vislumbrar que el problema no estaba centrado en él. Estaba centrado en la persona que compartió la calumnia con todos y en su desequilibrio interior. El sabía que todos estos asuntos salían de personas confundidas, desequilibradas en su paz y mordidas por el error. 

Carlos empezó a ceder en sus planteamientos. Carlos dejó de pensar en él. Dejó de centrarse en sus heridas, en sus llagas y en la reacción apasionada contra esta calumnia públicamente vertida.

En estos momentos de indecisión ante la nueva propuesta que había vislumbrado, la voz interior volvió a repetir: “perdónalo tú”. Ahora sí, Carlos se serenó totalmente. Se tranquilizó. Comprendió y cambio su pensamiento. No era él el ofendido. Era la otra persona que necesitaba comprensión, equilibrio y paz que no tenía. 

Carlos decidió devolverle la paz a esa persona. Aceptó que todo ataque viene de un foco equivocado. Si no hay confusión ni tormento interior, las acusaciones no salen para hacer daño al otro. Carlos decidió perdonarlo, perdonarse a sí mismo por su brusca reacción. Su corazón quedó tranquilo. Su conciencia se aquietó. Cinco minutos más tarde dormía plácidamente. 

Al día siguiente, se encontró en el pasillo, camino de la sala de reunión con su acusador. Carlos le ofreció su mano tendida, noble y de corazón. La otra persona, con un gesto automático ofreció su mano. Pero al darse cuenta, echó su mano atrás. La mano de Carlos avanzó para encontrarla y en su apretón, el perdón quedó sellado entre los dos. 

Se trató el asunto. Se aclararon todos los detalles. La luz iluminó todas las sombras vertidas y el incidente pasó a mejor vida, sin ninguna sustanciación. Sin embargo, aquella noche quedó grabada en el corazón de Carlos. El perdón ofrecido a la otra persona y a sí mismo, bajo los principios de la comprensión, había resuelto en él el problema totalmente. 

Aquella noche, por la comprensión, hubo transformación. Aquella noche, por el perdón al otro, hubo transformación. Aquella noche, por el perdón a sí mismo, hubo realmente transformación.

miércoles, febrero 3

LA PODEROSA ENERGÍA DE MI PENSAMIENTO

Siempre nos impresionó la relación entre la energía y la materia. La teníamos conceptuada como dos realidades distintas. Sin embargo, la fórmula que las relacionaba nos cambió la visión del mundo: 
                                                            
                                                                                              E = m c2

El pensamiento es energía e influye en la masa de nuestro organismo y en su funcionamiento. Nos embelesamos en nuestros propios razonamientos y perdemos la noción de la energía capaz de liberar por los mismos. La ciencia ha venido en nuestra ayuda para indicar la potencialidad maravillosa de nuestros pensamientos. Los pensamientos alegres, felices, y una buena motivación por proyectos llenos de entusiasmo desarrollan serotonina y dopamina. 



Serotonina

Se podría decir que la serotonina es la “hormona del placer” además de ser la “hormona del humor”. La serotonina hace la felicidad. Recientes investigaciones permiten avanzar en la cura de enfermedades como la depresión y la psicosis. 

¿Cuál es el rol de la serotonina en el cerebro?
La serotonina es una hormona que influye en el humor, regula el sueño, el apetito y la presión. Su actividad se desarrolla en el intestino.

La Serotonina (5-hidroxitriptamina, o 5-HT), es una monoamina neurotransmisora sintetizada en el sistema nervioso central y en el tracto gastrointestinal La serotonina también se encuentra en varias plantas, frutas y vegetales.

Como neurotransmisor en el sistema nervioso central representa un papel importante en la inhibición de: la ira, agresión, temperatura corporal, presión, humor, capacidad de descanso incluso en la sexualidad y el apetito.

Características que se relacionan con los estados depresivos. Justamente los antidepresivos se ocupan de modificar los niveles de serotonina en el individuo.


Dopaminas

Es una hormona y neurotransmisor del sistema nervioso central, es decir, una neurohormona liberada por el hipotálamo.

La disminución en la cantidad de dopamina en el cerebro puede generar enfermedades como Parkinson, en la cual una persona pierde la habilidad para ejecutar movimientos finos y controlados y la Distonía, trastorno del movimiento que causa contracciones involuntarias de los músculos.

La dopamina se biosintetiza en el cuerpo (principalmente en el tejido nervioso de la médula de las glándulas suprarrenales); actúa promoviendo el incremento de la frecuencia cardíaca y la presión arterial, puede regular la presión sanguínea

Tiene muchas funciones en el cerebro, influyendo en el comportamiento, la cognición, la actividad motora, la motivación y la recompensa, la regulación de la producción de leche o prolactina, el sueño, el humor, la atención y el aprendizaje. Se proyecta a varias áreas del cerebro mediante las vías principales.

martes, febrero 2

EL MIEDO, LOS MIEDOS

Este relato podría llamarse “Cómo deshacer el miedo, los miedos” y pretende mostrarnos desde una perspectiva lejana – una niña -, cómo los miedos que sentimos hacia tantas cosas: imágenes, acciones, personas, nosotros mismos.. nos atenazan y nos hacen huir en la dirección opuesta, sin querer ver lo que tenemos delante, sin mirarnos de frente y reconocer por qué algo nos asusta. Preferimos soñar, seguir ciegos o simplemente huir.

SUNNA

Cuando sunna cumplió siete años, supo que su vida había terminado. Al menos la vida tranquila y pacífica de los niños pequeños. En el pueblo de Sunna, todas las niñas al cumplir su edad pasaban a ser las responsables de traer el agua a casa. Alguien la sacudió con firmeza y el sueño dio paso al resplandor de la luz temprana. 

- Sunna, ya es hora. Sunna, hija, ¿sabes qué día es hoy, verdad? Es tu séptimo cumpleaños. Ha llegado el momento y tú has de traer el agua para la familia. 

- Madre, sabes que la fuente está lejos, hay que atravesar el bosque, donde todo es oscuridad…y aún soy pequeña.

- Hija, todos crecemos alguna vez, vamos. 

Sunna caminaba despacio, con la vasija en la cabeza, como si no quisiera llegar nunca. Cuando divisó los primeros árboles del bosque, sintió un escalofrío. Era una mancha de color verdoso. Crecía, crecía y pronto se elevó sobre ella. Percibió sombras y sonidos nuevos. Se levantó un golpe de viento y la sacudió. 

- No puedo -, gritó

No puedo. Soltó la vasija, cerró los ojos con fuerza y echó a correr en la dirección opuesta, ciega, con la oscuridad de la que huía dentro de sus ojos. Algo la sujetó con firmeza. 

- ¿Dónde vas así, niña? ¿Qué te pasa?

Una mujer mayor, pero no anciana, la miraba con curiosidad.

- ¡Oh, me he asustado de un gran ruido, quizá un trueno o un animal salvaje, y he corrido sin mirar atrás. 

- Ni hacia delante, hija. Si no te sujeto, te habrías caído al lago. 

- ¿Quién eres? ¿Qué haces tú sola?

- Me llamo Sunna, y voy…a visitar unos parientes. 

En los ojos de la mujer brilló un destello de sombra, pero Sunna no lo vio porque le daba miedo mirar de frente.

- Bien, Sunna, “que corre con los ojos cerrados y visita a parientes lejanos”, ¿quieres sentarte a mi lado y hacerme compañía? Toma, come algo y te contaré una historia.

Y escuchó muchas historias. De pronto abrió los ojos, se miró en el agua. 

- ¡Qué uñas más largas! ¡Qué cabellos tan sucios!

La mujer la miraba en silencio y la sombra bailaba en los ojos. Y Sunna la vio. 

- ¡El agua, mi vasija! He de irme. 

Se alejó todo lo más rápido que pudo. – Qué sucia estoy- pensó y se agachó a lavarse, a frotarse las manos y el pelo. Se sintió mejor y tomó un camino que se alejaba del lago. 

- Debería volver, me estarán esperando, pero…el bosque, el bosque. 

Cavilando en todo esto, llego a un pueblo parecido al suyo. Detrás de él se erguía una montaña no muy alta. Encontró a unos niños y se puso a jugar. La noche les sorprendió y Sunna descansaba cada día en una casa, la invitaban y no le preguntaban nada. El tiempo pasó. Un día la montaña habló por medio de un temblor. 

- ¿Qué es ese temblor? – preguntó a los demás niños. 

- No sabemos. No lo entendemos. Cuando la montaña habla bajito, como ahora, no hacemos caso; pero cuando grita fuerte, tenemos miedo y estamos en casa sin salir hasta que calla.

- Eso no está bien – Habló Sunna –La montaña está aquí cerca, podemos llegar hasta ella y ver qué quiere. 

- Oh, no. Nadie ha hecho eso nunca – dijeron los niños.

- Yo iré y le preguntaré qué le pasa. 

Salió del pueblo dejando atrás a los niños, las casas y pronto llegó a las mismas faldas de la montaña. Ascendió lentamente, pensando cómo se le habla a una montaña, porque ella tampoco lo había hecho nunca. Cuando llegó arriba supo lo que tenía que hacer. 

- ¿Cómo te llamas, montaña?, ¿Qué te pasa?

- Me llamo Diamante Encendido y estoy llorando porque estoy sola. A veces estoy tan triste que mi corazón se rompe en trocitos ardientes que pugnan por salir y fluir como lágrimas humanas. 

- Yo estoy contigo…y el viento que acaricia tus laderas, y el rocío que las baña cada mañana, y el sol que las calienta al mediodía. Nunca has estado sola. 

- Ningún humano viene a visitarme. 

- Yo estoy aquí, pero tu llanto les asusta. Si dejas de llorar, ellos vendrán a conocerte.

- ¿Y tú quién eres, niña-mujer?

- Soy Sunna, la niña que también tenía miedo, pero he de marcharme. Un bosque y una fuente me esperan, y también mi familia. 

- Toma, Sunna, te regalo mi última lágrima, la más hermosa. 

Ella se agachó para recoger una piedra transparente, llena de reflejos multicolores. La apretó fuerte en sus manos, extendió los brazos hacia el cielo, y bajó, bajó, bajó…hasta que divisó el bosque que tanto temía. 

- No es tan oscuro. Ni tan enmarañado. Hay muchos arbustos y árboles pequeños. Una tontería vivir con los ojos cerrados. Me he perdido, con mis miedos, la belleza de este lugar, lleno de vida y de encanto. 

Sunna caminó sin problemas por él, la vasija, en su cabeza, y con los ojos abiertos que su decisión había solucionado. Gozaba de la libertad y del olvido del pensamiento ciego que la había atenazado.

lunes, febrero 1

UNA VIDA. UN TESORO

Carlos visitaba, en una ciudad pequeña, de lejanos países, un cementerio local. Leía las inscripciones de cada nicho y no se creía lo que estaba viendo. Todas las inscripciones indicaban pocos años de vida: cuatro años, tres años, dos años y medio, un año y medio, un año. 

¿Habían muerto todos siendo niños? ¿No había adultos? Ante la extrañeza de su rostro, su acompañante le dijo: “No te confundas, Carlos, todos han fallecido siendo adultos”. “Entonces, ¿por qué ponen esas edades tan cortas?”. 

Su acompañante le refirió que, en ese pueblo, cada persona llevaba una libreta personal. Allí anotaban los momentos intensos, los momentos de plenitud que habían vivido en su vida. Eran muy celosos de esa libreta. Allí sumaban el tiempo que su vida había sido completa. 

Ahora, quedaba reflejada, en las inscripciones, la vida de sus libretas. No la vida biológica que había transcurrido. Carlos quedó pensativo. Pensó que era gente muy sabia. Pero también pensó  que
perdemos nuestra vida en errores, confusiones y debates que hacen la vida vacía de contenido y momentos desagradables que no merecen ser vividos.

Carlos salió de aquel pueblo con una decisión muy firme. Iba a vivir de otra manera su propia vida. Una vida con pensamientos de plenitud. Una vida, donde iría dejando marchar, los pensamientos erróneos que quitaban el contento y la vitalidad.