viernes, abril 7

LA ENORMIDAD DE LA PAZ EN NUESTRAS VIDAS


Paz de amor, paz de vida
Paz de la tranquilidad de la mente serena
Paz de los momentos deleitados en dulce compañía
Paz del corazón que lo admira todo y todo lo respeta. 

Paz de las manos unidas
Paz de la lectura, de la mirada, de la admiración
Paz del descubrimiento alegre y lleno de maravilla
Paz que llena todos los huecos de nuestro mundo interior.

Paz de los proyectos sentidos
Paz que nace de nuestros ojos centrados en el otro
Paz de los errores superados y comprendidos
Paz y alegría del milagro maravilloso de nuestra unión. 

Paz de una tarde que acaricia
Paz de las aves volando alegres y plenas
paz de unos momentos llenos de encanto y de delicia
paz de unas horas que todo lo completa y lo llena.

La paz desciende, la paz os envuelve, la paz os eleva y asciende.


jueves, abril 6

SENTIRSE "ESPECIAL" NOS SEPARA

Samuel estaba viendo cómo su mundo iba cambiando en su mente. La idea de que no intentara cambiar el mundo la iba comprendiendo. A la única persona que podía cambiar era a él mismo. Y ese cambio estaba dando sus frutos. Empezaba a considerar al mundo de forma muy distinta. Una nueva mirada aparecía en su horizonte. El mundo parecía distinto a como lo había considerado. 

Todo estaba dentro de cada uno de nosotros. Un gran sabio cambió su mundo y se atrevió a expresar: “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mi”. Y otro sabio expresó: “las aflicciones nacen en la mente, ¿por qué buscamos las soluciones fuera de ella?” Nuestra libertad se hacía presente en nuestras elecciones y en nuestras experiencias. Un cambio de visión implicaba un cambio de pensamiento. Un cambio de comprensión. 

Sin la comprensión no era posible cambiar un pensamiento. Por ello, Samuel veía que cada vez que su comprensión cambiaba sabía que estaba en las aguas de un cambio de pensamiento y de un cambio de mirada. Le gustaba nadar por esas aguas. Le encantaba descubrir los misterios de la vida. Gozaba con las nuevas aguas que acudían a su experiencia. 

Dejaba que aquellas ideas se deslizaran por su mente para detenerse en ellas con paz y tranquilidad. “Ser especial es la idea del pecado hecha realidad. Sin esa base no es posible ni siquiera imaginarse el pecado. Pues el pecado surgió de ella, de lo que no es nada, y no es más que una flor maléfica desprovista de raíces”. 

Los principios de ser especial eran muy elocuentes: “ser mejor que los demás y menospreciar a los demás. No todos éramos iguales”. Y de esos principios todos habíamos vivido en la familia, en el vecindario, en la escuela y en nuestras relaciones de todas las edades. Por ello, la desconfianza entre unos y entre otros estaba tan extendida. Era casi luchar contra natura, fomentar la unidad entre las diferentes personas. 

Samuel recordaba a su grupo de compañeros del trabajo. Se había pasado unos años fuera. Al volver, se dio cuenta del enfrentamiento que había entre ellos. Fue hablando uno a uno. Las expresiones de desconfianza y de intereses personales era el concepto que cada uno tenía de los demás. La amistad que les unía a ellos era la piedra de toque para aclarar situaciones. 

No había nada como tener una causa común. Una causa generosa y desprendida. Después de varias conversaciones con cada uno de ellos, el grupo se fue uniendo. La bondad de sus corazones superaba su desconfianza. Por ello entendía las palabras que seguían: “Los hijos de estos principios, es decir, “los especiales” son muchos, nunca uno solo. Y cada uno de ellos se encuentra exiliado de sí mismo y de Aquel de Quien forma parte”. 

“Y ninguno de ellos ama la unidad (todos somos iguales) que los creó como uno solo con Él. Ellos eligieron “lo especial en ellos” en lugar del Cielo y de la paz”. 

Samuel daba gracias a esa comprensión que orientaba su mundo por el camino de la unidad y no por la separación y el menosprecio.

miércoles, abril 5

CEGUERAS VITALES DE LA VIDA

Daniel acababa de aprender dos palabras de las que había estado siempre lejano. Creía que no participaba de ellas en ninguna de las maneras. Pero prestando atención un poco más a esa afirmación definía con precisión algunas de sus propias experiencias en algunas ocasiones. 

La lectura que se lo compartió exponía el ejemplo del agua para los peces. Los peces siempre están en su medio. Es normal para ellos. Así que no son conscientes del agua. Por tanto, todo lo que es normal pasa tan desapercibido que no nos damos cuenta. Somos totalmente ciegos a ello. 

Se afirmaba que no sabíamos relacionarnos. Toda relación nuestra estaba teñida por esas dos palabras: “Un vivo deseo de poder y un vivo deseo de independencia”. Dos palabras que orientaban nuestras relaciones con los demás. Las personas con poder eran muy respetadas por nosotros. Y, si era uno de nuestros conocidos, una ocasión de hacerle una visita. 

El vivo deseo de independencia también nos definía con esa tendencia a creer que nuestra vida era solo nuestra. No tenía que ver para nada con los demás. Un encerrarse en nosotros mismos para lidiar con nuestros problemas y con nuestras estrategias. A nadie le importaba y a nadie le interesaba nuestras situaciones personales. 

Daniel se daba cuenta del poder de influencia de esas dos palabras en todas nuestras relaciones. Toda relación que atentara contra nuestro concepto del poder era desechada. Toda relación que nos impidiera ese vivo deseo de independencia había que cortarla. 

Esa mezcla explosiva en nuestra vida nos ponía en momentos de disyuntiva, de angustia y de soledad triste entre nosotros. ¿Cómo equilibrar ese poder y esa independencia personal para que ninguna de las dos se resintiera? Las personas nos podrían dar poder, pero al mismo tiempo nuestra independencia era intocable. Angustias indecibles. Momentos de elección. Situación incómoda y de difícil solución. 

Daniel se interesó por las palabras que podrían hacer marchar la relación. Si quitáramos esas dos de poder e independencia, ¿cuáles las podrían reemplazar? La idea de relación descansaba en otras dos palabras. Una era “amor”. En el amor, una persona se preocupaba principalmente por la otra. Se olvidaba de sí misma y la apoyaba. 

Y la siguiente palabra que complementaba al amor, era respeto. El respeto era esa actitud que limitaba a uno mismo frente a la grandeza y libertad de la otra persona. La libertad de la otra persona era suprema. Daniel reconocía que habíamos estado tanto tiempo siendo inconscientes del poder y de la independencia personal que el amor y el respeto no adquirían esa fuerza que en ellas contenía. 

Sin embargo, estaba empezando a vislumbrar que, sin amor, sin preocupación por la otra persona, nosotros no podíamos expandirnos en grandeza, en descubrimiento de nuestra propia infinidad, en nuestra propia esencia. Era el camino para hallar la maravilla que existía en nosotros. Y el respeto, era la vía para permitir que cada persona se desarrollara en sus propios caminos, a su propia velocidad, y en sus propias elecciones. 

Daniel aceptaba que era como los peces que eran inconscientes del agua. Había sido ciego a sus relaciones basadas en el poder y en la independencia personal. Le daba la bienvenida al amor y al respeto como alternativa para dirigir su nave al nuevo rumbo de su libertad y de la libertad de la humanidad.

martes, abril 4

LA COMPARACIÓN ES DELICADA

David observaba el funcionamiento de la comparación. Cuando afectaba a personas, oía una frase que solía repetirse: “las comparaciones son odiosas”. Cuando en la comparación se salía mal parado, la decepción se sentía en el interior. Cuando eran positivas, parecía que nos animaban. Pero, David veía que la valía dependía de la comparación de turno. 

En un libro leyó la idea de que el éxito era un suceso muy relativo. Dependía de las personas con las que te habían comparado. Así emergía cierto sentido de “suerte” en el caminar por la vida. Cada uno tenía sus ayudas y sus aspectos negativos. Empezaba a dudar de, si la comparación era realmente algo que nos definía o algo que nos valoraba en la irrealidad. 

No podía negar que las comparaciones eran moneda diaria en el pensamiento de las personas. Por ello, se dejaba llevar por aquellas líneas que compartían ideas sensatas y equilibradas sobre dicha acción. “Hacer comparaciones es necesariamente un mecanismo del ego, pues el amor nunca las hace”. 

“Creerse especial conlleva hacer comparaciones. Se establece al ver una falta en otro y se perpetúa al buscar y mantener claramente a la vista cuanta falta se pueda encontrar”. 

“Esto es lo que persigue lo especial en nosotros y esto es lo que contempla. Y aquel a quien tu deseo de ser especial así rebaja, habría sido tu salvador si tú no hubieses elegido usarlo como un triste ejemplo de cuán especial eres tú”. 

“Frente a la pequeñez que ves en él, tú te yergues alto y señero, irreprochable y honesto, puro e inmaculado. No entiendes que al hacer eso es a ti mismo a quien rebajas”. 

David veía mucha sabiduría en esas palabras. El camino del amor siempre veía las buenas cualidades de cada persona. Todas tenían. Todas estaban llenas de detalles hermosos. Hallar faltas en los demás no provenía del amor. El amor siempre animaba, destacaba lo mejor y caminaba junto con los otros en el mismo nivel. 

El ego necesitaba comparar, menospreciar, rebajar, disminuir. En ese proceso la persona creía crecer. En ese proceso la persona hallaba su sentido de la vida. Era genial y mucho mejor que muchos. Y eso le daba su especial valor. David admitía que por el ego pasaban todos y que en algunos momentos ese ego había hecho de las suyas. 

No se podía atacar el ego con otra crítica comparativa. Sería utilizar su misma arma. Y el ego, de esa forma, quedaría reforzado. El ego no es atacado por el amor. Cuando se ama desde el corazón, el ego no tiene sitio en nuestra vida. Cuando se valora desde el corazón, el ego se queda sin terreno donde plantar sus viñas.

Cuando el amor brilla se disuelve el ego y aparece la salvación: “Frente a la pequeñez que ves en él, tú te yergues alto y señero, irreprochable y honesto, puro e inmaculado. No entiendes que al hacer eso es a ti mismo a quien rebajas”. Al comprender, por el amor, la belleza maravillosa del otro, no lo rebajas a él ni a ti mismo. Y ese es el camino de nuestra salvación.

lunes, abril 3

ILUSIONES DE VIDA UNIDAS

Abel estaba dándole vueltas a ese concepto del “ego” que definía una parte del ser humano. Una parte de su forma de ser. No era un concepto que había manejado desde pequeño. Sin embargo, describía con acierto una porción del ser humano que, en algunas ocasiones, Abel lo había sentido muy interiorizado dentro de él. 

Una parte del “ego” se manifestaba en el nivel de la soledad. Abel se había sentido solo, separado, sin apoyos y sin conexión con nadie. Una situación que lo enfrentaba a todo. Esa parte la había sentido dentro de él y en muchas conversaciones con sus amigos. Ellos también le compartían la soledad en las que muchas ocasiones se sentían. 

A partir de entonces vio que no era un concepto vacío, sin sentido. Era una realidad. Era algo más que una palabra. Era algo más que un concepto. Era la descripción de esa nulidad frente a todo. Momentos donde todo se derrumbaba. Apretaba el miedo, la angustia, la inquietud y la sensación de verse perdido. Abel apretaba los dientes y mascullaba para sí: ¡Maldito ego! 

Pero en su caminar, descubrió que no éramos “egos”. No éramos entes separados. Formábamos parte de todo el universo. Todos éramos uno. La unión de todas las gotas de agua formaba el charco, el riachuelo, el río, el mar. Abel se dejaba llevar y sabía que nunca, nunca más tenía sentido vivir la soledad. Vivir ese “ego” era un espejismo. No se refería a una realidad. 

Era una creencia equivocada, falaz. Era un engaño total. Una idea que venía de la independencia que cada uno creía tener. Pero su interior vibraba cuando trabajaba en equipo. Admiraba a sus amigos. Los consideraba. Los valoraba. Eran como una extensión de sí mismo. Uno de los amigos que conoció en sus primeros años le invitó a su casa. 

Jugaron con todos sus juguetes. La madre de su amigo les invitó a merendar. Abel se sentía tratado como su amigo. Lo agradeció en el alma. Esa tarde merendó como un rey. Se sintió acogido por aquella persona estupenda. Disfrutaron con todos los juegos eléctricos de su amigo. Apagaban las luces y veían los destellos de la luz de cada uno de sus artefactos en la oscuridad. 

¡Qué bien se sentía! Abel descubría que el “ego” no tenía lugar en la alegría, en la plenitud, en la grandeza de la bondad de aquella madre que sentía como la suya. No hubo diferencia entre las meriendas. Cada uno elegía la que quería. Las dos eran igualmente buenas. Retazos de ilusión en sus pechos ante aquellos padres de un hijo único. 

Abel todavía guardaba, a pesar del paso de los años, esa tarde tan maravillosa. El “ego” en aquella casa había desaparecido. Se había evaporado. Había dejado paso a una satisfacción total. Ese ambiente se sentía en la casa, en la madre, en el padre que recién llegó y estuvo jugando con ellos. En aquella habitación donde un globo grande lanzaba destellos de luz en todas direcciones. 

Así Abel aprendió que el “ego” era esa idea de separación que no era más que una creencia. No era la verdad, ni la realidad. Cuando no tenía una persona cercana y la creencia en el ego apretaba, Abel se dirigía al sol, a la luna, a las estrellas, a unos ojos del universo cariñosamente abrazándole, a un silencio contagioso que le llegaba al alma, a la vibración del ambiente que resonaba en su corazón. 

Sentía en su interior que los brazos del infinito estaban con él. Juntos, todos juntos con todos los ojos que miraban al cielo. Y se unía a todas las miradas que se dirigían a las estrellas y con ellas, pensaba, jugaba, bailaba, cantaba, comprendía y les decía desde su vocecita interior que, a todas, a todas, las quería. Así Abel sabía que su gotita de agua se unía a todas las gotitas del universo y formaban ese río que descalificaba al “ego”. 

La sensación de unión recorría su cuerpo, su pecho, su alegría y el latir de sus pasos danzando en el cielo. ¡Bendita unión, todos juntos!

domingo, abril 2

LA JERARQUIZACIÓN SE VA DISOLVIENDO

Josué se había quedado absorto en aquellos párrafos que contenían una conversación entre Mack, el personaje del libro que estaba leyendo, y Jesús. Una conversación inusitada. Pero, sentía en su corazón que aquel planteamiento tenía mucho de veraz y de natural. Su interior se lo decía. 

Y si el Padre Celestial era así, coincidía totalmente con el Padre Celestial que tenía en su interior, en su pensamiento y en sus conversaciones internas. Era algo realmente estupendo. Una visión que había guardado en su interior y que no lo había compartido con nadie. Ahora, lo veía reflejado en aquellas líneas que le hacían vibrar de un modo inesperado. 

“-¿Has notado que aunque me llaman "Señor" y "Rey", en realidad nunca he actuado de esa forma con vosotros? Nunca he tomado el control de vuestras decisiones, ni os he obligado a hacer nada, aun si lo que estabais a punto de hacer era destructivo o perjudicial para vosotros y para los demás”.

“Mack miró el lago antes de replicar:”

“-Yo habría preferido que a veces hubieras tomado el control. Eso me habría ahorrado a mí, y a la gente que quiero, mucho dolor”.

“-Imponer mi voluntad sobre vosotros -replicó Jesús- es exactamente lo que el amor no hace. Las relaciones genuinas están marcadas por la entrega, aun cuando vuestras decisiones no sean útiles ni sanas. Esta entrega no es por autoridad ni por obediencia; es por una relación de amor y respeto”. 

“Mack se sorprendió”.

“-¿Cómo puede ser? ¿Por qué querría el Padre Celestial respetarme a mí?”

“-Porque queremos que tú te unas a nosotros en nuestro círculo de relación. No quiero esclavos de mi voluntad; quiero hermanos y hermanas que compartan la vida conmigo”.

Josué vibraba con esas dos palabras que debía aprender en su vida. “Esta entrega no es por autoridad ni por obediencia; es por una relación de amor y respeto”. La autoridad y la obediencia no tenían lugar en la relación con el Padre Celestial. Eran dos cualidades extrañas. No había esclavos. El amor y el respeto destacaban como elementos esenciales de la relación. 

Debía alejarse también del concepto de jerarquización que implicaba la autoridad y la obediencia. En efecto, veía en ese planteamiento una superación del pensamiento. Recordaba que esa superación del pensamiento estaba implicada en la palabra griega “metanoia”. Esa palabra griega implicaba más allá del pensamiento. Similar a “metamorfosis” más allá de la forma. 

En la oruga y la mariposa se veía la metamorfosis. En el cambio de esas dos palabras se veía la “metanoia”. Autoridad y obediencia implicaban esclavitud. Amor y respeto implicaban relación. Y Jesús quería destacar esa relación con todos nosotros. 

“-Porque queremos que tú te unas a nosotros en nuestro círculo de relación. No quiero esclavos de mi voluntad; quiero hermanos y hermanas que compartan la vida conmigo”.

Josué se quedaba mudo de sorpresa, de verdad, de contento y de autenticidad. Su corazón se lo decía. Jesús ofrecía algo nuevo, maravilloso, extraordinario. Ya no más esclavitud de nadie. Ya no más callarse. Ya no más obedecer por miedo. Ya no más temer a la ley injusta. Una relación de amor y respeto destacaba en la convivencia divina. 

Su decisión empezó a ser efectiva desde aquel día. Toda persona era objeto del amor y del respeto del Padre Celestial. Toda persona era infinita. Toda persona era de un valor inmenso. Por tanto, trataría a toda persona con el amor y el respeto que le ofrecía su Padre Celestial.

sábado, abril 1

CONCEPTOS REVELADORES DE VIDA

Benjamín estaba contento por el apoyo que recibía de uno de sus mejores amigos. Era un placer contar con personas tan maravillosas. Se podían compartir muchas cosas y era un alivio en muchos momentos. Los amigos tenían una función importante en nuestras vidas. Contar con un amigo era un tesoro. 

En otros momentos, pensaba en esos conocidos, amigos no tan cercanos, con los que no le era posible contactar de una forma más estrecha. Había conocido personas que debía respetarlas. La amistad debe nacer de las dos partes. No se podía obligar ni forzar. Y, ni mucho menos, exigir nada. Había tenido muchas experiencias en su vida y en la experiencia de sus conocidos en ese tema. 

Amistades de mucho de tiempo, caían destrozadas por la exigencia que, en alguno de sus momentos, se había establecido. La palabra amigo procede de la palabra “amor”. En el terreno del amor no hay obligación de ningún tipo. Las imposiciones matan la misma esencia del amor. Benjamín lo tenía claro. 

Empezaba a comprender que todas las personas con las que se cruzaba en su camino tenían una función en su vida. No solamente los amigos cercanos eran los importantes. Todos eran una ocasión de poder desarrollarnos en todas nuestras vertientes. Y, en esa línea, entendía la dirección de aquel párrafo que era motivo de sus reflexiones. 

“Tu hermano es tu amigo porque su Padre Celestial lo creó semejante a ti. No hay diferencia alguna entre vosotros. Se te ha dado tu hermano para que el amor se pueda extender, no para que se lo niegues. Lo que no das lo pierdes. El Padre Celestial se dio a Sí Mismo a vosotros dos, y recordar esto es el único propósito que compartís ahora”. 

Benjamín estaba reflexivo: “Se te ha dado tu hermano para que el amor se pueda extender, no para que se lo niegues. Lo que no das lo pierdes”. Eran palabras que iban cayendo en el interior de su alma. Iban cambiando el concepto que tenía de la amistad. No podía, ni debía, utilizar el amor como un elemento de coacción en contra del otro cuando las actitudes no le gustaban. 

Si decidía quitar el amor del hermano, del amigo, entendía que se atacaba, que perdía, que se hería a sí mismo. “Lo que no das lo pierdes”. Superar los inconvenientes de las relaciones, era superarse a sí mismo de los conceptos de la amistad que tenía. Esos conceptos equivocados eran los que realmente le herían a sí mismo. Cambiar esos conceptos era su liberación. 

“Tu hermano es tu amigo porque su Padre Celestial lo creó semejante a ti. No hay diferencia alguna entre vosotros”. Benjamín veía con claridad que cualquier gesto en contra de su amigo, era un gesto en contra de sí mismo. “No hay diferencia alguna entre vosotros”. 

Los conceptos iban alumbrándose con luz radiante en la mente de Benjamín. La claridad despejaba todas las dudas. La plenitud alcanzaba su alma. Toda persona que llegaba hasta él, era una ocasión de tratarla tan bien como Benjamín se trataba a sí mismo. No podía haber diferencia. La diferencia era un ataque, un castigo, una herida, para los dos. Y eso era toda una equivocación.