lunes, noviembre 7

EL AMOR EN LA COMUNICACIÓN

Felipe leía aquellas ideas y muchas experiencias aparecían en su mente. La idea de comunicación era vital. Cuando se trataba de informaciones de incidentes en la vida diaria, la información cubría esa curiosidad y de puesta a punto de la novedad del día. Cuando se trataba de intercambiar información sobre actitudes, pensamientos y posicionamientos de las personas ante ciertos hechos, la información adolecía de su efectividad. 

No había comunicación. No se solía comprender la verdad del otro. Lo único que salía a flote era la defensa de ideas, de posicionamientos y de preferencias más bien que una comunicación en ambas direcciones. Por ello, la propuesta de esas ideas eran un enorme y maravilloso desafío: “Podrías vivir en el “instante santo” para siempre, empezando desde ahora hasta la eternidad, si no fuera por una razón muy sencilla”. 

“No empañes la simplicidad de esa razón, pues si lo haces, será únicamente porque prefieres no reconocerla ni abandonarla”. 

“La simple razón, llanamente expuesta, es ésta: el instante santo es un momento en el que se recibe y se da perfecta comunicación”.

“Esto quiere decir que es un momento en el que tu mente es receptiva, tanto para recibir como para dar”. 

“El instante santo es el reconocimiento de que todas las mentes están en comunicación”. 

“Por lo tanto, tu mente no trata de cambiar nada, sino simplemente de aceptarlo todo”. 

Felipe descubría la incapacidad de la mente para recibir y comprender al otro. En muchas ocasiones había asistido a comunicaciones entre personas. La única idea era tratar de rechazar las ideas del otro. No comprender las ideas del otro en su sencillez. El ego hacía enquistar la defensa personal. Se trataba de utilizar todos los recursos: amistades, influencias, favores, relaciones, informaciones con la sola idea de la confrontación. No se trataba de comprenderse. Se trataba de defenderse y atacar. 

Una actitud y un procedimiento, muchas veces utilizado, pero sin ningún propósito de entendimiento. Nadie llegaba a una conclusión satisfactoria para las dos partes. Y ese era el punto del “instante santo”: un momento en el que la mente es receptiva tanto para recibir como para dar. 

Una posición personal donde la alegría del encuentro, la resolución de conflictos y la clarificación de los motivos de cada una de las partes se ponían al descubierto entre las partes enfrentadas. Eso resolvía toda la cuestión. No se trataba de ganar. Eso era el objetivo del ego. Se trataba de comprender y comprenderse por parte de todos los participantes en la comunicación. 

Felipe veía ese procedimiento de la mente en el “instante santo”. La unión de dos mentes abiertas y dispuestas tanto para recibir como para dar. Eso lo cambiaba todo. Eso daba la paz. Eso daba la concordia y la comprensión de cada una de las partes. Y esa es la verdad: cada uno entiende la verdad del otro. Cada uno entiende el motivo de la fricción. Cada uno reflexiona. Cada uno colabora y cada uno abre su mano para llegar a la unión. 

Felipe soñaba con esa situación. Era alcanzar la auténtica verdad. Era salir del ego y saltar a la realidad de la unidad. Todos unidos. “El instante santo” es el reconocimiento de que todas las mentes están en comunicación.

domingo, noviembre 6

CAMINOS DE SUPERACIÓN

Josué estaba contento porque descubría caminos para lograr sus objetivos y sus horizontes. En el campo educativo y espiritual era una necesidad que se agradecía mucho. Se comprendía, se recorría el camino y se alcanzaba. El método lo era todo para alcanzar y superar metas dibujadas en la mente, vislumbradas en las ideas y queridas por el alma.

Todo un desarrollo que facilitaba la superación de modelos de pensamiento con otros paradigmas que dirigían el alma. El texto decía así: “El instante en que la grandeza ha de descender sobre ti se encuentra tan lejos como tu deseo de ella”. 

Si la grandeza, centrada en que “mi reino está en ti” no se aceptaba, entonces la grandeza estaba tan lejos como lo estaba la comprensión. No había deseo de hacer realidad esa idea. Por ello, el texto indicaba: “El instante en que la grandeza ha de descender sobre ti se encuentra tan lejos como tu deseo de ella”. 

Si la grandeza, centrada en “el altar de la santidad que está en tu mente”, no se aceptaba, igualmente estaba tan lejos como la comprensión de ella. Así no había deseo de hacer realidad esa idea. Y sin deseo, no había objetivo, no había camino, no había método, no había programa, no había dirección en la cual caminar. 

Josué veía que esa idea de ser mejor cada día era una buena idea, era un buen propósito. Pero, necesitaba su clarificación, su comprensión, su entendimiento y su proceso de consecución paso a paso. El deseo se convertía en el motor del entendimiento para lograr su objetivo. Así esa tríada superadora de todas las situaciones: deseo, entendimiento, objetivo, era lo esencial en su mente y en su vida. 

“Mientras no la desees, y en su lugar prefieras valorar la pequeñez [culpabilidad y debilidad] esa será la distancia a la que se encontrará de ti”. 

“En la medida en que la desees, en esa misma medida harás que se aproxime a ti”. 

“No pienses que puedes ir en busca de la salvación a tu manera y alcanzarla”

“Abandona cualquier plan que hayas elaborado para tu salvación sustitúyelo por el del Padre”. 

“No hay nada más que pueda brindarte paz, pues la paz es del Padre y de nadie más que Él”.

El método lo era todo para alcanzar y superar metas dibujadas en la mente, vislumbradas en las ideas y queridas por el alma. 

El método lo era todo para alcanzar y superar metas dibujadas en la mente, vislumbradas en las ideas y queridas por el alma.

sábado, noviembre 5

HUMILDAD ANTE ÉL, GRANDEZA EN ÉL

Mateo se adentraba en terrenos delicados, sensibles, importantes en su vida, y canalizadores de todos los proyectos diseñados en su mente. El asunto de las relaciones era una complejidad extrema. Se daba cuenta de que había cierta esquizofrenia implantada en su vida. Relaciones familiares, relaciones sociales, relaciones de trabajo, relaciones de amistad. Toda una constelación de intercambios que llevaban en sí sabor de vida, sabor de energía o sabor de muerte y de separación inevitable.

Se daba cuenta de que esas relaciones nos afectaban sobremanera. Cada persona vivía con sus relaciones. Eran la sal de la vida. Eran los motivos de su esfuerzo y de su lucha. Eran los medios que le hacían sentir vivo, completo y lleno de energía. Era ese mundo que le aprisionaba en momentos y en otros, lo hacía gozar con una liberación amada y bienquerida. 

Casi sin darse cuenta vio de un modo súbito el secreto de la vida y de su misterio tantas veces indescifrable. ¿Cómo me relaciono? ¿Cómo se relacionan conmigo? ¿Cómo valoro a las personas? ¿Cómo las hago felices? ¿Cómo me hacen feliz? ¿Cómo me ayudan? ¿Cómo me molestan en ocasiones? ¿Cómo me liberan? ¿Cómo me aprisionan y me hacen sentir incómodo y preso de sus propuestas?

Toda una constelación de preguntas sobre su forma de dirigirse a los demás y como los otros se acercaban a nosotros. Con estas consideraciones en su mente se abría a la comprensión de las propuestas de aquellos pensamientos. Era una relación de Jesús, el Padre y de Mateo: “Sé humilde ante Él, y, sin embargo, grande en Él”. 

El consejo era de Jesús. Mateo jugaba con esas dos palabras que había leído: “humilde y grande”. Aparentemente eran contrapuestas. Humilde provenía de la palabra “humus”. El humus era la capa más fructífera de la tierra con un gran porcentaje de carbono. Esa capa colaboraba activamente en la formación de nuevas plantas y en la productividad del suelo. 

Era estupendo sentirse útil en la tierra, colaborador en el proceso, vital en la vida, comprensivo ante la nueva planta que abrigaba. Cuando el humus estaba presente, la vida florecía. La idea de ser sencillo y fructífero ante la vida, era una invitación maravillosa en la relación. 

La humildad se refería a la relación con el Padre. Mateo entendía que esa relación era la oportuna ante cualquier persona. Cada persona era Hij@ del Padre. Por ello, debía tener esa visión tan clara en su vida que no solamente se le invitaba a ser humilde ante el Padre, sino humilde ante cada Hij@ del Padre. Eso cambiaba el objetivo de todas sus relaciones. Era un elemento vital para su vida. Una felicidad convertirse en esa capa fértil donde todos los que desearan acercarse pudieran florecer con su influencia. 

Mateo decidía que debía ocupar la misma posición con las personas a las que se dirigía: ser la capa de humus sencillo que todo lo enriquecía. Era una actitud contraria a la idea de “no soy nada”. De pronto, Mateo comprendía que era una actitud de vida, de florecimiento, de ayuda, de maravilla sencilla, de colaboración y de visión profunda. Un hermoso significado encerrado en un elemento aparentemente sencillo, pero de resultados tan poderosos. 

El segundo adjetivo lo dejaba perplejo al inicio: “grande en Él”. Si en el primer adjetivo se descubrió como animador del proceso con el florecimiento de vida, en el segundo adjetivo, descubría donde estaba su grandeza. Era junto con el Padre. Grande en él. Grande en la unión. Grande en el conjunto. Grande en la identificación. Las relaciones nos daban el foco. La idea quedaba clara. No somos grandes ante los demás. Somos grandes con los demás. Unidos somos grandes. Fundidos entre nosotros somos grandes. 

La grandeza era conjunta. La grandeza era de los dos. Así Mateo vio que en sus relaciones su función era importante y decisiva. Por un lado, era un elemento enriquecedor del florecimiento del otro. Por otro, una unión en la grandeza. Dejaba de lado esos adjetivos que antes tenía totalmente confundidos. Su función en la humildad era vital para los demás. Su función en la grandeza era la grandeza de, como mínimo, dos. 

Mateo elevaba sus ojos al cielo. Veía las nubes en movimiento. El cielo azul se abría. El sol lanzaba sus rayos a todos lados. Las relaciones en Mateo habían cambiado. Un nuevo horizonte, un nuevo campo, una nueva vida se le había revelado. Ahora tenía en su corazón, con su significado preciso, la humildad del florecimiento y la grandeza con el otro, los otros, en plenitud de comprensión y amor.

viernes, noviembre 4

EL AMOR ES UNA UNIDAD

Alejandro se enfrentaba a una ley que nunca había sido consciente de ella. Había muchas leyes de la vida que la entendíamos totalmente en sentido contrario. Pensaba que, en el sentido coloquial, se podría decir que era todo al revés de lo que nuestros pensamientos siempre nos habían dicho y sugerido. Ahora se daba cuenta de esos dos tipos de pensamientos totalmente opuestos: el pensamiento del ego y el pensamiento del cielo. 

El pensamiento del ego se centraba en nosotros frente a los demás. El pensamiento del cielo resaltaba la unidad de todos los humanos. Dos metodologías distintas a la hora de solucionar conflictos, enfrentamientos, confusiones y malentendidos. Estaba atento a esas frases que siempre había interpretado al revés en su vida: “Evoca en todos únicamente el recuerdo del Padre y el del Cielo que mora en ellos”. 

“Allí donde desees que tu hermano esté, allí creerás estar tú”. 

“No respondas a su petición de pequeñez y de infierno, sino sólo a su llamamiento a la grandeza y al Cielo”. 

“No te olvides de que su llamamiento es el tuyo y contéstale junto conmigo”. 

Alejandro iba traduciendo esos pensamientos para su vida. Concluía que todo el mal y lo equivocado que sentía hacia los demás, se lo estaba deseando a sí mismo. Esas frases tan sonoras y aparentemente tan fuerte que pensaba: “Se va a enterar. Le voy a decir bien clarito todo lo que pienso”. Ahora veía que toda esa forma de ser se revertía en él mismo. 

El ego le hacía creer que se la dirigía hacia otro, qué él era distinto. El Cielo le informaba que todo pensamiento negativo hacia otro era un pensamiento negativo para sí mismo. Y esto sí que era nuevo. Ahora, por primera vez, entendía que no amar al otro era no amarse a sí mismo. Una ley que no había captado en su vida. Ahora la descubría. 

Ahora entendía plenamente una historia que leyó siendo niño y que no acertaba a comprenderla totalmente: Eran dos amigos muy unidos. Siempre iban juntos. Siempre decidían las cosas de mutuo acuerdo. Sus planes los compartían. Sus ilusiones eran conjuntas. Su apoyo era proverbial. 

Un señor del lugar quiso poner a prueba esa amistad. Sabía que detrás de la amistad había intereses dormidos. Pensó que era bueno despertarlos para saber si realmente su amistad era tan cierta y verdadera. Llamó a los dos amigos. Les hizo una propuesta. El señor era acomodado y disponía de la mayoría de los bienes del lugar. Se dirigió a uno de ellos y le dijo: “pídeme lo que quieras y yo le daré a tu amigo el doble”. 

Aquello no empezaba bien. El amigo pensó que aquello era desorbitado. Si pedía un caballo, su amigo tendría dos. Si pedía un gran campo, su amigo tendrías dos. Si pedía una mansión, su amigo tendría dos. Realmente era un tormento en su mente. No se consideraba mejor ni peor que su amigo. Sintió que aquello era una traición, una injusticia. Una voz dentro de él le decía: “Se trata sólo de un regalo. No habéis hecho nada para merecerlo. ¿Por qué tanta exigencia?”. 

La idea no le dejaba la mente. Le daba vueltas, más vueltas, no lo aceptaba. “¿Por qué su amigo debía tener el doble?”. Y otra vez la voz le repetía: “Es un regalo, ¿por qué le pones exigencias? Ya sabes el dicho: “a caballo regalado no le mires el diente”. Un regalo puso en entredicho aquella amistad, aquella unión, aquella comprensión, aquella ocasión de sentirse uno en sus decisiones. La mente le daba vueltas, vueltas, más vueltas. Cada vez se sentía más infeliz, descontento, triste, molesto, fastidiado. La presión aumentaba. La angustia hacia acto de presencia. Se quería liberar de ello. 

Al final, en la madrugada, después de una noche sin dormir encontró reposo para su alma. Había encontrado la respuesta que su mente necesitaba. Se relajó, se tranquilizó y se durmió a pierna suelta. Se despertó al mediodía. Se levantó. Se vistió. Con paso firme y seguro se dirigió a la mansión del señor. Se encontró con su amigo. Los dos juntos comparecieron delante del señor. El señor se dirigió al amigo para que le dijera su regalo para darle a su amigo el doble. 

El amigo se adelantó y le dijo al Señor: “Quiero que me quitéis un ojo”. El amigo quedó atrapado en el juego y se vio ciego. El Señor se quedó estupefacto y no aceptaba creer lo que estaba oyendo. Se preguntaba cómo era posible que para impedir el bien del otro se castigara, incluso, a sí mismo. 

Una historia que ponía en evidencia esa ley que siempre habíamos interpretado al revés. Lo que le deseo al otro no es para mí. Pero aquel muchacho demostró que lo que le deseábamos al otro lo deseábamos para nosotros. 

Le deseaba mal a su amigo y se deseaba mal para sí. “Evoca en todos únicamente el recuerdo del Padre y el del Cielo que mora en ellos. Allí donde desees que tu hermano esté, allí creerás estar tú”

jueves, noviembre 3

INTERCAMBIOS DE AMOR

Rafa estaba sintiendo algo especial en aquellos momentos. Toda su vida se desplegaba delante de él. Sentía en aquella voz que le hablaba a través de aquellas líneas, su propia voz interior. Era como un espejo donde se reflejaba. Cuando veía todas esas propuestas se veía identificado como si fueran suyas. Algo especial vibraba que le llevaba afirmar que eran sus propias experiencias y sus propias palpitaciones queridas. 

Notaba que su visión crecía, se ampliaba, se hacía consistente y se construía sobre una sólida base de confianza y verdad interna. Era como hablar con la Vida. Era como mantener esa conversación donde todo ajustaba, donde todo crecía a su ritmo auténtico y verdadero. Era como florecer y ser consciente de ese proceso. Rafa no se lo creía pero, lo experimentaba y lo vivía. 

Esa voz sencilla, sutil, profunda y sabia de Jesús le llegaba, le llenaba, le daba luz y una confianza conjunta de unión y de amor: “Recuerda que no aprendes únicamente para ti, de la misma manera en que yo tampoco lo hice”. 

“Tú puedes aprender de mí únicamente porque yo aprendí por ti”. 

“Sólo deseo enseñarte lo que ya es tuyo, para que juntos podamos reemplazar la miserable pequeñez que mantiene al anfitrión del Padre cautivo de la culpabilidad y de la debilidad, por la gozosa conciencia de la gloria que mora en él”. 

Mi nacimiento en ti es tu despertar a la grandeza”. 

“No me des la bienvenida en un pesebre, sino en el altar de la santidad, en el que la santidad mora en perfecta paz”. 

“Mi Reino no es de este mundo, puesto que está en ti”. 

Rafa no podía hablar. No podía articular palabra. El silencio descendía sobre su mente. Sus palabras quedaban sin articulación. “Era un panorama demasiado bello para ser verdad”, le dijo una idea sin voz que pasó por su mente. Pero, otra voz silenciosa se elevaba desde su corazón. “Es el panorama real que descendía sobre nosotros como sencilla y profunda verdad”. Rafa se fijó en los intercambios asociados a la pequeñez y a la grandeza.

PEQUEÑEZ
GRANDEZA
Cautividad en la culpabilidad y en la debilidad.
Gozosa conciencia de la gloria que mora en el interior.

El intercambio le parecía vital. Por un lado, dejar la pequeñez centrada en la culpabilidad y en la debilidad. Y por otro, admitir esa gozosa conciencia de la gloria que moraba en cada uno de nosotros. 

Los otros dos intercambios le dejaban sorprendido y con apenas tiempo de reacción.

PEQUEÑEZ
GRANDEZA
No pienses en el pesebre.
Piensa en el altar de la santidad que está en tu mente. Allí mora en perfecta paz.
Mi Reino no es de este mundo.
Mi Reino está en ti

Mi nacimiento en ti es tu despertar a la grandeza”. Rafa observaba que esas propuestas no estaban desorientadas. Su interior se las aprobaba. Se ponía contento. Se elevaba. Se llenaba de paz y de sabiduría a la vez. Se sentía volar con todas las potencias de su alma. Todo se trataba de un intercambio tranquilo, sencillo, lleno de consciencia, completo en su comprensión. 

“Sólo deseo enseñarte lo que ya es tuyo”. Esto le vibraba de un modo especial a Rafa. Había visto, en su vida, la actitud general de generosidad de los padres hacia sus hijos. Los padres educaban, enseñaban, ayudaban, perdonaban y orientaban a sus hijos en los mejores pensamientos y en las mejores decisiones. Si tenían medios para favorecer a sus hijos, con gozo, lo compartían con ellos. 

Por ello, entendía que el Padre, el Creador, el Infinito, en esa misma línea de apoyo, enseñanza y libertad, ofrecía a sus hijos, esos tesoros que estaban a su disposición. “Basta ya de pequeñez”, decía Jesús, “Os invito a hacer el intercambio entre la pequeñez y la grandeza”. 

Rafa se quedaba atónito. Descubría, por primera vez, la amplitud concreta de su Padre hacia su vida, hacia sus pensamientos, hacia su gozo, hacia su plenitud, hacia su felicidad. Y una voz, ahora sí audible, subía verticalmente por su garganta con un SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ fuerte y sonoro ante el regalo maravilloso de Su Amor. 

miércoles, noviembre 2

DESCUBRIR EL CIELO INTERIOR

Pablo estaba contento. Su descubrimiento, expuesto en el escrito del día anterior, de que el cielo estaba en sus pensamientos y en sus sentimientos, le había dejado totalmente impactado, impresionado, libre, volando cual ave que la hubieran liberado. No se podía creer que un cambio de pensamiento fuera tan vital en su vida, en su mirada, en su ilusión, en las opiniones que emitía y en el nuevo horizonte que se abría delante de él, ante la vida. 

Llegaba a comprender, mucho mejor, frases que había leído durante su vida: “no busques el amor". "El ego te impele a buscar el amor. Pero, te pone una condición: no lo encuentres". Esa afirmación le produjo un vuelco en su comprensión. ¿Cómo era posible que una fuerza te impulsara, desde dentro, en la búsqueda del amor y, al mismo tiempo, te pusiera las condiciones para no encontrarlo?

Pablo se repetía que el Cielo estaba dentro de él. No era necesario buscar el amor. El amor vivía en sus entrañas. Él era amor, nada más que amor. Él era el cielo en su interior. Por ello, entendía la segunda parte de la propuesta: “Mas bien quita las condiciones interiores que le impiden al amor llegar hasta ti y vivirlo en plenitud”. Ahora lo entendía. Ya no tenía que poner condiciones para el amor. Ya no tenía que imaginar cómo debía ser el amor. Ya no tenía que planificar cómo debía comportarse la otra persona. Ya no tenía que controlar nada. 

El amor de su interior, de su cielo, se comunicaría libremente con el amor oportuno. En esa vibración, el corazón, los sentimientos, las ilusiones y las alegrías se unirían de una forma desconocida para la mente y para la razón. La ilusión subía por sus venas. Todo su cuerpo danzaba una pirueta mágica hecha de libertad, encanto, maravilla, portento y liberación. Aquello que sentía era maravilloso. Era nuevo, muy nuevo en su interior. Ningún pensamiento que no fuera del cielo tenía cabida ya en su mente, en sus deliberaciones y en sus consideraciones de los demás. 

Había descubierto el cielo. Había descubierto la raíz de su vida. Había abierto la puerta de la energía y de la ilusión. Ya no quería abandonar esa nueva senda que había irrumpido llena de aguas vivas y puras en los canales de sus poros, de sus ideas, de su mirada. Algo nuevo se había producido. Alguien le había sugerido que debíamos nacer de nuevo. Pablo consideraba que su nacimiento físico fue una gran bendición para él y su familia. El nacimiento comprensivo y auténtico le había abierto las puertas de la luz, ¡Menudo torrente de visión!

Toda una explosión de júbilo se volcaba en su interior. Toda una nueva plenitud emergía. El cielo había llegado a su vida. Ya no tenía que buscarlo y caer en la trampa de buscar el amor, buscar el cielo, y no encontrarlo como el ego le había repetido. Ahora tenía todo el sentido frases que quedaron en su interior sin ninguna comprensión por su parte: 

“Empiezas el camino de la vida buscando en el exterior las verdades de tu vida, las raíces de tu vida, las esencias del amor. Un día te das cuenta de que no hay nada en el exterior. Todo lo que buscabas estaba dentro de ti. Pero, no lo veías. El día que te vuelvas sabio, volverás a tu casa, a tu interior, a tu auténtico Ser. Te recibirá con los brazos abiertos. Y te dirá: - bienvenido a casa, mi amor -”. 

Un rayo de luz cruzó la mente de Pablo. Un rayo de claridad iluminó su pensamiento. Vio, en esa claridad, que lo que acababa de sucederle era la experiencia del “hijo pródigo”. Este se marchó de su casa, (de su interior), abandonó a Su Padre (a su Creador), buscó, por el mundo, todo aquello que lo completara y no lo halló. La trampa del ego lo aprisionó: “Busca, busca, busca, pero no halles”. Volvió a su casa, (a su interior). Encontró su cielo interior. Se dijo que no lo merecía porque lo había abandonado, criticado, atacado y ultrajado. No se merecía nada bueno. 

Se sorprendió sobremanera. Su cielo interior lo acogió. Su cielo interior que sólo vivía el presente, ya no tenía recuerdo de nada. Su cielo interior lo abrazó. Le dijo que era una persona, ahora sí, llena de sabiduría, llena de bondad, de comprensión, de verdad, de auténtica vibración. El “hijo pródigo” se encontró a sí mismo. El cielo de su interior no lo defraudó. Una vez más, lo deleitó con palabras sabias de amor y de corazón. 

Pablo vibraba porque había vuelto al hogar interno de su cielo interior. Había roto, por fin, las condiciones que siempre le había impuesto al amor. Era libre y volaba, con gozo, en las nubes de su cielo interior.

martes, noviembre 1

PALABRAS DE CIELO

Pablo no daba crédito a lo que acababa de leer. Siempre había pensado en el cielo como un lugar estupendo, maravilloso, fabuloso, feliz, lleno de paz y de un ambiente agradable y delicioso. Un lugar sin parangón. Allí todos los sueños serían posibles.

Recordaba las tardes cuando se reunían un grupo de amigos. Iban a un hermoso parque de la ciudad. Para empezar la conversación, se proponía que cada uno diera su sueño de ese lugar tan especial que pululaba en cada uno de los corazones. Las ideas salían de sus mentes. Dejaban libres a sus fantasías y se sentían, por un tiempo, situados en todas sus imaginaciones jugando sin gravedad, sin accidentes, sin limitaciones, sin inconvenientes, sin lágrimas, sin reveses. 

Todo a su mano. Todo a su alcance. Todo sin cruzarse, ni competir, ni sentir el dolor de las distancias, ni los sorprendentes huracanes que lo cambiaban todo en un instante. Rodeados de verde, de hierba, de árboles, de flores, de sendas pisadas por donde deambulaban las gentes. Disfrutaban del entorno, del clima, de la hora vespertina y de la paz de la gente disfrutando de la serenidad y la tranquilidad. 

El agua le daba ese toque de vida. Un chorro potente la elevaba a cierta altura para caer sobre el estanque y alegrar la vida de los patos que elegantemente nadaban. Se desplazaban ante los ojos admirados por su belleza y por su peculiar forma de caminar. Unas manos amigas les ofrecían productos alimenticios para atraerlos a la orilla y sentir su armonía y su cercanía. 

Pablo, muchas veces, había pensado que era un entorno muy apropiado para imaginar el cielo como un lugar sumamente bello y eterno, lleno de cariño, paz, amistad, manos tendidas y una sonrisa en las mejillas diciendo somos amigos, somos hermanos, somos comprendidos, somos apreciados, queridos y aceptados. Todos los elementos del ser humano atendidos, tenidos en cuenta y abrazados en un acto completo de afecto y amor sincero. 

Fueron momentos grabados en su corazón. Y, al leer aquellas líneas, se unieron en su mente con toda naturalidad: “Si el Cielo fuera algo externo a ti no podrías compartir su júbilo. Pero ya que está dentro de ti, su júbilo es también el tuyo”. 

Ahora Pablo comprendía mucho mejor aquella frase de los sabios griegos: “no te busques a ti fuera de ti mismo”. Pensaba que si lo que caracterizaba a la raza humana eran sus pensamientos, sus sentimientos, sus afectos y sus anhelos, el cielo debía estar en ese preciso lugar. Ya no buscaría más el “cielo” en el exterior. Tendría pensamientos de “cielo”, sentimientos de “cielo”, afectos de “cielo” y objetivos de “cielo”. Así, de una vez por todas, viviría el “cielo”. 

Entendía que la preposición que se utilizaba debía suprimirla. No debía decirse: “Vivir en el cielo”. Sería mejor expresado con la afirmación sin preposición: “Vivir el cielo”. Ahora entendía mejor la espiritualidad de la India. Siempre nos repetían que debíamos vivir en el presente, vivir el presente. Dejar caer el pasado y no preocuparnos por el futuro. Ahora la definición de “cielo” encontraba todo su lugar. 

No se está viviendo el cielo cuando un continuo recordar de los reveses del pasado, de los inconvenientes del pasado, de las malas experiencias del pasado. El “Cielo” pedía vivir el presente y vivir con toda la energía que la naturaleza y la alegría nos daba en ese día. Tampoco se podía pensar en las alegrías del futuro porque el “Cielo” se vivía en el presente. El “Cielo”, al estar en el pensamiento, no podía esperar a vivirse en el futuro porque ya estaba dentro. 

Pablo se daba cuenta que, al pensar sobre el entorno del “cielo”, sus pensamientos se ponían en armonía con el “cielo”. Y, en esa tarde, descubrió que el “Cielo” no estaba en ningún lugar, en ningún entorno físico. El “Cielo” estaba en su interior: “Si el Cielo fuera algo externo a ti no podrías compartir su júbilo. Pero ya que está dentro de ti, su júbilo es también el tuyo”.