martes, marzo 7

TU FENOMENAL "PRESENCIA CONSCIENTE"

Josué recordaba las palabras de su amigo aquella mañana. Le había dicho que se había puesto delante del espejo y le había dicho a su propia imagen: “hoy no vas a ganar tú. Hoy voy a ganar yo la batalla del día”. Claramente se veía una partición en la persona. Una estaba dentro del espejo. La otra estaba fuera. Josué se quedaba pensativo con esa afirmación. Era difícil aceptar que una batalla fuera librada en un mismo nivel y fuera resuelta. 

Tenía en la mente el principio de resolución de conflictos. Cuando un conflicto surgía en un determinado nivel, había que subir al nivel siguiente para resolverlo. De otro modo, nunca podría solucionarse. Había un error en el enfoque del problema, un error en la consideración de la situación. ¿Cuál sería el nivel al que habría que recurrir para encontrar la superación del problema?

Había una lucha y había un enfrentamiento entre las dos partes de la misma persona. Y, en la lucha, ya se sabía. Unas veces ganaba una parte; otras, la opuesta. Sería una lucha continua la que se iría librando cada día. No era un alivio pronunciar esa frase cada mañana. La lucha no cesaría. Josué quería encontrar el modo de terminar con esas luchas. 

El nivel en el que veía a su amigo era el nivel de implicación. Estaba totalmente envuelto con todos los asuntos que le llegaban. Los sentía, los vivía, los sufría y los gozaba en momentos. Estar conectado con esa implicación le hacía sufrir, gozar, llorar, desesperarse, pedir por ayuda, desorientarse en momentos y volver a encontrar la esperanza y la superación. 

Tenía que existir un nivel superior. Un nivel donde no se viera tan aturdido, tan atacado por él mismo, tan desconcertado que perdiera su propia confianza. Y, al perder esa confianza, se culpara a sí mismo. Toda una serie de pensamientos que se cruzaban en su mente. Pero, la pregunta surgía: “¿Era él su mente?

En el nivel de la mente se entendía el enfrentamiento. Nuestra mente era variable. Podía representar, en momentos distintos, a diferentes personajes. Así que la mente era un campo de batalla. ¿Había algo más allá de la mente? Josué había leído, hacía poco tiempo, que había una “Presencia Consciente”. Esa "Presencia Consciente" no se oponía a nada. Por ello, admitía todos los tipos de mentes y todo tipo de implicaciones. Nunca se quejaba. 

Eso le dio una pista. En el nivel de la mente había implicación. Cada persona reaccionaba según su interés en el tema. En el nivel de la “Presencia Consciente” no existía la implicación. Y para no implicarse no había que reaccionar. Todo se aceptaba y todo tenía su sentido. Cuando uno se implicaba, separaba en partes buenas y malas. Cuando no había implicación, se buscaba la armonía entre todo. 

La mente no buscaba la armonía. Por ello, el amigo de Josué estaba frente al espejo en la lucha de cada día. La “Presencia Consciente” encontraba la armonía y el lugar de todo. La implicación desaparecía. Y, con ella, la luz, la claridad de la comprensión invadía todos los planteamientos. Se anulaba la lucha y la paz reinaba desde esa “Presencia Consciente”. 

Josué había encontrado ese nivel superior que deshacía el conflicto. Su rostro sonreía, su alma se calmaba, su pensamiento seguía sus razonamientos. Todo tenía su lugar en esa “Presencia Consciente”, donde no había lucha ni implicación.

lunes, marzo 6

LOS PILARES DE LA VERDAD Y LA RAZÓN

Benjamín ponía en relación tres palabras importantes en sus pensamientos y en sus ideas. Tres palabras con contenido distinto. “ilusión”, “desilusión”, “verdad”. Las ilusiones siempre habían hallado hueco en su corazón y en sus expectativas. En ocasiones, sus ilusiones iban más allá de lo razonable. En cierto momento, siendo niño, tenía ilusión de poseer un estuche de madera de dos pisos para poner sus utensilios de escritura y de pintura. 

Su madre le había dicho que no podía comprárselo. No le era posible ese gasto para la economía familiar. Benjamín se había encariñado de ese estuche de madera. Al ver su deseo intenso, un compañero mayor le prometió que le compraría ese estuche. Benjamín no cabía de gozo. Por fin, iba a tener ese estuche tan deseado. En el fondo, intuía que aquello no era verdad. A pesar de todo, eliminó toda duda y se aferró a la promesa del muchacho. 

Durante varios días vivió con esa idea en su mente. “Lo iba a tener, lo iba a tener”, se repetía. Su alegría se subía de tono. Su confianza se aferraba a esa afirmación. Desde el fondo de su razón, una vocecita le decía que eso no era posible. Sin embargo, acalló esa voz y continuó con su expectativa. Varios días después, le preguntó al muchacho si le iba a comprar el estuche. La respuesta que recibió lo desmoronó. Todo había sido un juego y la verdad no se hacía patente. 

Al despertar de esa ilusión, Benjamín comprendía que aquello no podía ser verdad. El ofrecimiento de su compañero estaba lleno de una sana sospecha. Era un sacrificio del dinero que recibía para sus golosinas invertido en él. Sabía que eso no era plausible. A pesar de todo, la ilusión lo embarcó en una nave y le hizo navegar por ese mar ilusionado varios días. 

Así que la ilusión dio paso a la desilusión. De verse poseedor de ese estuche de madera, pasó a sentirse desposeído del mismo. La ilusión había vagado por el mundo de la no-verdad. La razón ponía claridad y discernimiento. Esos ecos ilusionados en Benjamín le habían hecho pasar días preciosos, pero la desilusión le hizo caer de golpe en la cruda realidad, auténtica, pero desprovista de ilusión. 

Benjamín le había dado, sin darse cuenta, un valor a aquel estuche de madera por encima de sus realidades económicas. Su familia no podía dárselo. Hasta entonces, había funcionado bien sin ese estuche de madera. ¿Por qué poner la ilusión en cosas que no llevan en ellos la dicha? Ilusiones que cambian las perspectivas de las cosas. 

Aquella lección quedó grabada en su corazón. “Lo único que hacen las ilusiones es ocasionar sufrimiento. La forma en la que las ilusiones se aceptan es irrelevante. A los ojos de la razón, ninguna forma de sufrimiento se puede confundir con la dicha. La dicha es eterna. Puedes estar completamente seguro de que todo lo que aparenta ser felicidad y no es duradero es realmente miedo”. 

Benjamín aprendió, en aquellos picos de su emoción ilusionada y su emoción desilusionada, el valor de la verdad de su razón. Sabía, en su corazón, que aquello no podía ser verdad. Se aferró a aquella posibilidad por su ilusión. La ilusión no solucionaba nada en esta vida. La ilusión no traía la dicha con ella. Por tanto, la felicidad no era eterna. 

Se aferró a la verdad de su razón. En ese camino encontraría la dicha y, con ella, la verdad.

domingo, marzo 5

LA PAZ Y EL AMOR ESTÁN DENTRO DE TI

Marce se dejaba llevar por frases que habían captado su atención. Frases que le repetían que debía seguir una dirección y no otra. La dirección era vital para poder comprenderla: “no busques la paz fuera de ti, la paz está en tu interior, búscala allí. Si no estás en paz contigo mismo, la paz se halla lejos de ti”. 

También seguía la misma línea el siguiente pensamiento: “no busques el amor fuera de ti, el amor está en tu interior. Ámate y podrás compartir ese amor. Si no te amas, lo exigirás de los demás. Y, ya sabes, que el amor no exige nada”. Marce se daba cuenta de que no debía buscar nada en el exterior. Todo estaba en el interior. La riqueza de esos dones ya estaba contenida en el tesoro personal de cada un@. 

Un cambio de dirección muy impactante, muy verdadero y muy real. Tenía que ser cierto. No podía ser de otra manera. En ese sentido la libertad, la bondad, la igualdad era auténtica. Los sueños que nos conducían a encontrar a una persona peculiar que pudiera darnos esos tesoros era un error. En ese camino contaba la suerte, la casualidad, la lotería y todas las incidencias que concluían en la frase frustrante: No he tenido suerte en la vida. 

La persona adecuada podía haber pasado de largo por nuestra vida, porque nosotros estábamos buscando otra cosa. La mente nunca sabía de estas vivencias. Por ello, si en lugar de buscar fuera, indagábamos en nuestro interior, nos valorábamos, nos descubríamos la maravilla que éramos, desarrollábamos la bondad, dejábamos de lado la condenación, olvidábamos las heridas y compartíamos, desde la paz y el amor, nuestra mano generosa con otros, la vida así se elevaba a unas alturas inefables. 

Si había algo primordial en nuestras vidas, ese lugar primero era construirnos y descubrirnos toda la maravilla que la naturaleza había depositado en nosotros. “Cristo acude a lo que es semejante a Él, a lo que es lo mismo, no a lo que es diferente. Pues siempre se siente atraído hacia Sí Mismo. Y lo que hace que tú te sientas atraído hacia tu hermano, es lo que hace que Él se sienta atraído hacia ti”. 

“Y ahí Él puede regresar con paz y con amor, pues la confianza que depositas en otro es la confianza que depositas en Él. No cabe duda de que estás en lo cierto al considerar a tu hermano el hogar que Cristo ha elegido, pues al hacer eso, ejerces tu voluntad con la de Cristo y la de Su Padre”. Marce entendía mucho mejor el camino. 

Si no desarrollaba en su interior la paz y el amor, no podía poner su corazón en la línea de vibración de lo maravilloso, de lo fabuloso, de la ternura y de la comprensión. Su pensamiento ordenaba sus ideas: si no cultivaba en su jardín interno esa paz y ese amor, no podía compartir la paz y el amor. La paz y el amor se sentían atraídos hacia la paz y el amor. Por ello captaba la esencia de esa expresión: 

“Y lo que hace que tú te sientas atraído hacia tu hermano, es lo que hace que Él se sienta atraído hacia ti”. La paz y el amor tenía la respuesta. Y ese tesoro estaba en el fondo maravilloso de nuestro corazón.

sábado, marzo 4

CREADORES AUTÉNTICOS

Gonzalo dejaba que la razón lo guiara por ese camino un tanto intrincado, pero seguro en la línea de su comprensión. Quería entender, completar, descubrir esa paz, esa tranquilidad, esa armonía que ansiaba su corazón. No sabía por qué el impulso se hacía tan fuerte en su pensamiento. Recorría sin descanso el camino para aumentar su comprensión. 

Leía y se paraba. Leía y reflexionaba. Leía y trataba de desentrañar el significado para comprender, entender y saber quién era él: “¿Qué podría mantenerse oculto de la Voluntad del Padre Celestial? Sin embargo, tú crees tener secretos. ¿Qué podrían ser esos secretos sino otra “voluntad” tuya propia, separada de la Suya?

Gonzalo pensaba que, si éramos capaces de crear una “voluntad” nuestra propia separada de la Suya, entonces, apoyándose en la idea de que aquello que creamos podemos nosotros mismos deshacerlo, la solución era sencilla. Dejar de poner en práctica nuestra “voluntad” y permitir que Su Voluntad se manifestara. La elección estaba en nuestras manos. Éramos libres y no esclavos. Éramos quienes decidíamos. 

El camino quedaba claro. Había que convencer a nuestra voluntad. “La razón te diría que esto no es un secreto que deba ocultarse como si tratase de un elemento de condenación. Pero ciertamente es un error. No permitas que tu temor de la condenación impida la corrección del error, pues la atracción que ejerce la culpabilidad es sólo miedo”. 

No era natural sentir miedo cuando seguíamos Su Voluntad. Todo parecía que se allanaba y nos hacía fuertes. Sin embargo, cuando seguíamos nuestra “voluntad” el miedo se hacía presente. El Padre Celestial nos ofrecía amor y nosotros habíamos inventado el miedo. Y esa oposición entre amor vs miedo era la gran diferencia entre nuestra “voluntad” y la Voluntad de nuestro Padre Celestial. 

Gonzalo seguía leyendo con interés. Ahondaba en ese miedo como sentimiento creado por nosotros. “He aquí la única emoción (miedo) que has inventado, independientemente de lo que aparente ser. He aquí la emoción (miedo) de los secretos, de los pensamientos privados y del cuerpo. He aquí la emoción (miedo) que se opone al amor y que siempre conduce a la percepción de diferencias y a la pérdida de igualdad”. 

Gonzalo lo iba teniendo cada vez más claro. La creación de “una voluntad” propia creaba el miedo. El descubrimiento en nosotros de la Voluntad del Padre Celestial creaba el amor. Se sentía libre, agradecido al universo, lleno de felicidad, lleno de una verdad que vibraba en todo su cuerpo. Lo tenía claro. De la misma forma que había creado una “voluntad” diferente a la Suya, podía deshacer su “voluntad” y desarrollar la Suya con el poder del amor que la acompañaba. 

Una gran liberación recorría todo su cuerpo. Su mente se relajaba. Sus ojos miraban el horizonte de la tarde serena y tranquila. Una vez más, el amor ganaba el pensamiento y, entre todos, se compartía.

viernes, marzo 3

FORMAMOS NUESTRA IDENTIDAD

José se abría al entendimiento de la palabra “identidad”. Procedía de la palabra latina “ídem”. Su significado en latín era “lo mismo”. Así que la palabra “identidad” recogía ese significado y expresaba “ser igual a”. Nuestra identidad se resumía en “ser igual a”. Una definición en la que, en muchos aspectos, no podíamos intervenir, pero que, en otros, sí que se trataba de nuestra creación y de nuestros pensamientos. 

Los pensamientos podían cambiar. Entonces, las ideas asociadas podían variar y con ellas, ciertas percepciones de nuestra “identidad”. Esa palabra tenía un concepto dual. Por una parte, se refiere a características que nos hacen percibir que una persona es única (una sola y diferente a las demás). Por otro lado, se refiere a características que poseen las personas que nos hacen percibir que son lo mismo (sin diferencia) que otras personas. 

Una frase condensaba ambas expresiones: “Hijo, tú eres único y muy especial. . . lo mismo que todos los demás”. En esa línea de “parecerse a” y “ser único” se asentaban las siguientes líneas: “Si atacas a quien el Padre Celestial quiere sanar y odias a quien Él ama, entonces tú y tu Creador tenéis voluntades diferentes. Pero, si tú eres Su Voluntad, entonces debes creer que tú no eres quien eres”. 

Una conclusión lógica de esta disparidad de criterios. Algo realmente no funcionaba. ¿Se podía seguir aceptando esa línea de discrepancia? “Puedes ciertamente creer esto y, de hecho, lo crees. Y tienes convicción de ello y encuentras muchas pruebas a su favor. ¿Y, de dónde procede, te preguntas, tu extraño desasosiego, tu sensación de estar desconectado y tu constante temor de que tú no signifiques nada?”

“Es como si hubieses llegado hasta aquí a la deriva, sin ningún plan, excepto el de seguir vagando, pues sólo eso parece seguro”. Es como si se hubiera trastocado algo. Se hubiera cambiado algo esencial. La identidad nos recordaba que “nos parecíamos a”. Y en ese nivel no tuviéramos claro a quién nos parecíamos. Y, de ahí, el desasosiego. 

Ese nivel era nuestra decisión, el ejercicio de nuestra voluntad. Teníamos la opción de “parecernos a” y reproducir la Voluntad, en nosotros, de nuestro Creador. Con esa idea en nosotros, el desasosiego desaparecería totalmente. Y el temor de no significar nada se esfumaría como la niebla ante el sol naciente. José terminaba su reflexión sobre la identidad tranquilo, sereno, completo, contento y con el rumbo dirigido a sus esencias primeras.

jueves, marzo 2

LA POTENCIA DEL "AHORA" EN NUESTRA VIDA

Darío entretenía en su mente esa frase que había leído en muchas ocasiones pero que no había logrado entender de modo profundo y comprensivo. La frase era sencilla: “vivir en el ahora”. Acostumbrado a ser un pensador continuo y constante, le costaba no vivir en el pasado, no pensar en el pasado, no reflexionar acerca del pasado.

También le encantaba mirar al futuro, construir sus futuras posibilidades y dejarse llevar por sus sueños. Con ese planteamiento de “vivir en el presente”, le daba la sensación de que las dos partes más importantes de su vida se le escapaban de las manos. Era como una propuesta de reducción de su vida. Y eso no lograba entenderlo. 

Había algo que le llegaba, a pesar de todo. Si el pasado tenía un lugar muy fuerte en su vida, dejaba de lado un poco ese renacer que ocurría en todo su cuerpo. Todos sus órganos físicos se regeneraban. Se hacía nuevo su corazón, se hacían nuevos sus riñones, se hacía nueva toda su piel. Gracias a esos procesos de regeneración muchas marcas de heridas en sus manos habían desaparecido. 

Veía que el pasado, además de información de las experiencias, también traía sus procesos de renacimiento. En esa línea, entendía un poco ese planteamiento de estar con una persona charlando haciendo caso omiso del pasado. Ese encuentro debía ser único, especial, placentero y revelador. Observaba que una opinión negativa, una idea de rechazo que ocurrió en el pasado, se colaba en el presente y destruía ese momento actual. 

Le quedó la idea de la repetición de la mente. Una persona podía haber proferido algún inconveniente. Ese hecho se había producido una sola vez. Pero, la mente, al recordarlo muchas veces, repetía ese hecho cientos de veces. Era un juego injusto que nuestra mente nos hacía. Era algo así como distorsionar la verdad. Después de tantos cientos de repeticiones, la mente se creía que se había repetido ese número de veces. Así lo vivía. 

Darío reconocía, en esa forma de actuar, mucha injusticia por parte de esa mente repetitiva. Descubría en esa propuesta de “vivir en el ahora” una solución para decirle a la mente que, lo que pasó en el pasado quedó en el pasado. No tenía ninguna continuidad en el presente. Darío, con pena, recordaba que un solo hecho había condicionado a ciertas personas, que conocía, tan duramente que arrastraron casi toda su vida ese hecho sin poder olvidarlo ni perdonarlo. 

En lugar de una verdad, se había construido una atrocidad. Y, la mente vivía esa falsedad como su más grande verdad. “Vivir en el ahora” era un medio de superar esa mente repetitiva. Era seguir la línea de nuestro organismo. Todo se regeneraba, todo se superaba, todo se vivía, todo se olvidaba, todo se aprendía y todo se comprendía. 

Darío se miraba las manos. Hacía esfuerzos para recordar todos los cortes que se había producido, las heridas sufridas, las inflamaciones habidas, el aspecto distorsionado en algunos momentos, pero su mirada nada veía. Sus manos estaban completas, armónicas, nada rememoraba el pasado. Sus manos se habían regenerado. 

Por ello, comprendió que debía aplicar, a esa mente repetitiva, el mismo proceso de regeneración. “Vivir en el ahora” era verse sin cicatrices, sin cortes y sin recuerdos. Era la enorme posibilidad de empezar la vida de nuevo, con la alegría del encuentro y con el entusiasmo de la delicia. Era vivir, realmente, cada día con esa fuerza de que el pasado no se inmiscuía. Dejaba que el presente se desarrollara fuerte y potente como la luz de una nueva estrella.

miércoles, marzo 1

EXPERIENCIAS DE ETERNIDAD

Mario entraba en uno de esos pensamientos que le habían acompañado durante toda la vida. Desde su mente pequeña, ante la estatura de los adultos, ante las marcas del tiempo informando que habían vivido muchos años, se preguntaba a sí mismo qué tipo de mente tendrían. Era una pregunta que no realizaba a sus padres, ni a sus maestros. 

Seguía la curiosidad de su mente y se preguntaba las diferencias con las mentes adultas, mayores, muy mayores. Entendía que, al igual que el cuerpo, la mente se ampliaba, se diversificaba y se haría inmensa. Una curiosidad no propia de un niño de seis años. Preguntas que quedaban en su interior y nadie sabía nada de esos pensamientos. 

Recordaba con ilusión el cambio de mentalidad de sus doce años. Fue una fecha clave en su vida. Dejó su mundo infantil y entró en ese mundo mayor de los jóvenes y entendió que sus ideas y sus creencias cambiaban de modo significativo. La mentalidad mágica y hermosa de la inocencia se cambiaba por la mentalidad incisiva de la realidad de la vida con todas sus consecuencias. 

Ahora en su edad avanzada, se hacía así mismo la misma pregunta de los seis años y veía, con asombro, que seguía teniendo la misma ilusión juvenil de sus doce años con todos sus descubrimientos. Continuaba sintiendo esa frescura de alma y de investigación que tenía a los quince y dieciséis años. 

Todo un mundo para descubrir. Nada se paraba. Nada llegaba a su fin. La curiosidad de esa fuerza consciente de su interior, parecía que estaba intacta. Seguía aprendiendo, seguía descubriendo, seguía entusiasmándose, seguía teniendo la ilusión de su juventud. Tenía destellos en su interior de que esa fuerza de conocer no se hacía mayor como pensaba a los seis años. 

Era cierto que el aprendizaje aumentaba, el conocimiento era amplio. Sin embargo, ese ser que conocía seguía con esa fuerza de la juventud. Conocer era una delicia. Y esa delicia era continua, constante y vital cada día. La pregunta de Mario, en esos momentos, era otra. ¿Qué es lo que envejece en el ser humano?

La respuesta era sencilla en la apariencia. El cuerpo, la cara, la complexión total había cambiado. Pero, esa fuerza interna de conocer seguía con los mismos anhelos, con las mismas ganas y con las mismas delicias de saber algo nuevo. Mario siempre se había preguntado eso de la eternidad. Le era difícil aceptarlo. 

Empezaba a tener una vislumbre de esa verdad encerrada en una palabra - eternidad. Su conocer interno continuaba igual que en su edad juvenil. El cuerpo había cambiado. Su curiosidad de conocer, comprender y de estar consciente, no se había alterado. Una alegría se dibujaba en su rostro. Un placer le invadía. Comprendía un poco la verdad de esa pregunta que realizaba a sus seis años. Algo realmente maravilloso concluía. Teníamos algo perenne en nuestra vida a pesar de los años.