miércoles, junio 7

REGENERACIÓN TOTAL

Santiago se dejaba llevar por la vista de sus manos. Recordaba las veces que había tenido diversas heridas en los diferentes dedos y en sus palmas. La piel se había regenerado y no había dejado señal de sus roturas y desgarros. Todo estaba bien. Trataba de memorizar algunos incidentes, pero la ausencia de rastro le impedía recordar aquellos momentos donde sangraban y necesitaban atención y una cura cuidadosa.

Su mente volaba. Le encantaba ese proceso de la piel. Cada cierto tiempo se volvía a regenerar y olvidaba las incidencias que habían pasado. Ciertamente, al no estar, era como si no hubieran sucedido. La naturalidad, los pliegues de sus manos, y la fuerza que desplegaban le ayudaban a resolver todos los quehaceres cotidianos de la vida. 

Santiago deseaba que ese poder milagroso de restauración se aplicara a su mente, a sus ideas, a sus pensamientos. Todo podía regenerarse, hacerse nuevo, desechar malos momentos, llenarse de piel nueva de límpidos pensamientos. Un camino que había encontrado, un camino que estaba viviendo. 

Un camino que le estaba abriendo nuevos horizontes insospechados: “Ahora el templo del Dios viviendo ha sido reconstruido de nuevo para ser el anfitrión de Aquel que lo creó. Donde él mora, su Hijo mora con Él y nunca están separados. Y dan gracias de que finalmente se les haya dado la bienvenida”. 

“Donde antes se alzaba una cruz, se alza ahora el Cristo resucitado, y en Su visión las viejas cicatrices desaparecen. Un milagro inmemorial ha venido a bendecir y a reemplazar una vieja enemistad, cuyo fin era la destrucción”.

“Con dulce gratitud, Dios el Padre y el Hijo, regresan a lo que es Suyo, y a lo que siempre lo será. Ahora se ha consumado el propósito del Espíritu Santo. Pues ellos han llegado. ¡Por fin han llegado!

Santiago no cabía en sí de gozo. Sus deseos, sus pensamientos y sus sueños se veían en ese párrafo reflejados. Era una maravilla. Un cambio de pensamiento tal que el recuerdo desaparece y, como la piel, se regenera de tal manera que las viejas cicatrices desaparecen.

martes, junio 6

CAMINOS ESTELARES

Juan recordaba, con mucho placer, a aquel profesor que tanto le guio en sus pasos por la enseñanza. La sonrisa siempre pronta para todas las personas. Nunca la seriedad le velaba el rostro. Siempre tenía una frase amable para cualquier persona que se cruzara en sus pisadas. 

Sabía resaltar una cualidad del día en un adorno, como una cualidad de un trabajo bien hecho. Una felicitación precisa por un logro conseguido. Un comentario de encomio por alguna incidencia. Su mente siempre veía los buenos actos de los demás. A todos llegaba. A todos alegraba en su caminar. 

Juan, siempre atento y observador, notaba que no había en su boca ninguna palabra negativa para nadie. Su boca solía expresar las bellas flores del día, las bellas flores de siempre, las bellas flores de las gracias de cada persona. Su presencia animaba a las personas. Su palabra llegaba al corazón sin estridencias. 

De una forma tranquila y serena iba dejando caer agua fresca en las tardes calurosas, tazas calientes de hierbas en los fríos días de invierno, fuegos calurosos en los reveses intempestivos de la vida, brazos por los hombros en los ojos alicaídos por los lloros, suaves melodías en sus consejos sabios y llenos de amor, risas compartidas en los logros de todos. 

Juan aprendía de su compañero, de su maestro, de su referente cada día: “Los ángeles revolotean amorosamente a tu alrededor, a fin de mantener alejado de ti todo sombrío pensamiento de pecado y asegurarse de que la luz permanezca allí donde ha entrado”. 

“Las huellas de tus pasos iluminan el mundo, pues por donde tu caminas, el perdón te acompaña jubilosamente. No hay nadie en la tierra que deje de dar gracias a aquel que ha restaurado su hogar, protegiéndolo así del crudo invierno y del gélido frío”. 

“¿Y cómo podrían el Señor de los Cielos y Su Hijo dar menos como muestra de agradecimiento cuando han recibido mucho más?”

Juan trataba de reproducir aquel modelo, aquella actitud, aquella forma de hablar, aquellas palabras de ánimo en cada momento adecuado. Esa alegría se expandía, se reproducía y se vivía en su corazón lleno de melodía y amor. La paz lo acompañaba y la alegría y la felicidad siempre lo seguían.

lunes, junio 5

EL ETERNO CALMA LOS CORAZONES SEDIENTOS

Juan estaba feliz y contento con aquellas líneas que estaba leyendo. Sentía que tenía razón ese autor con esos pensamientos. “El Eterno no se complace en vivir en edificios hechos por mano de hombres. El Eterno no se satisface en la riqueza, en la ostentación y en lo imponente. El Eterno se alegra de estar con un alma sencilla y buena que lo admite como su Guía y se funde en su mismo proyecto”. 

A Juan le venía el recuerdo de una pequeña anécdota que le habían contado hacía mucho tiempo. Un joven negro se acercaba cada semana, en el día de adoración, hasta una iglesia. Los componentes eran todos blancos. Todas las veces se repetía la misma conversación. El joven negro quería entrar, pero el portero y los que cuidaban del orden se lo impedían y lo ponían en la calle. 

“No puedes entrar, eres negro y además, no tienes el traje adecuado y la presencia oportuna. Todo eso te descalifica para conocer al Eterno”. El joven, pobre él, no podía solucionar ni el asunto de su tez, ni el asunto económico. Se sentaba cerca de la entrada. Allí lloraba y se quedaba triste y solo. 

Sin darse cuenta, un joven de tez morena marcada se acercaba hasta su lugar y charlaba con él. Le ponía la mano encima del hombro. Lo consolaba y hablaban de sus dificultades que tenían cada día. El joven negro encontraba en aquel hombre una paz que no acertaba a explicar. En momentos pensaba que estaba hablando con el mismo Eterno. 

Pero, se quitaba de inmediato esos pensamientos. Pensaba que el Eterno no podía hablar con un negro y con un pobre sin importancia. Era un alma sencilla a la que nadie le prestaba atención y pocos le respetaban. Así pasaron muchas semanas. Una semana, desesperado ya, entró corriendo en la iglesia y fue capaz de llegar hasta la mitad de ella. Por fin, lo había logrado. 

Pensaba que una vez dentro no se atreverían a expulsarlo. Era la idea que tenía de Jesús. Se equivocó también. Fue cogido por cuatro personas fornidas y lo expulsaron de la iglesia sin dudar. Era una persona indeseable en el interior de la iglesia. Otra vez se vio en la puerta. 

Al llorar y notar la mano sobre su hombro, se atrevió a preguntar a aquel señor moreno de rasgos árabes. 

- ¿Por qué me dais consuelo, apoyo, una mano amiga cuando nadie se ofrece a dármelo? 

- No te preocupes. Te entiendo. Yo Soy Jesús a quien dicen que adoran, pero también a mí, como a ti, me han expulsado. 

“El más santo de todos los lugares de la tierra es aquel donde un viejo odio se ha convertido en amor presente. Y Ellos acuden sin demora al templo viviente, donde se les ha preparado un hogar. No hay un lugar en el Cielo que sea más santo”. 

“Y Ellos han venido a morar en el templo que se les ha ofrecido para que sea Su lugar de reposo, así como el tuyo. Lo que el odio le ha entregado al amor se convierte en la luz más brillante de todo el resplandor del Cielo”. 

“Y el fulgor de todas las luces celestiales cobra mayor intensidad, como muestra de gratitud por lo que se les ha restituido”. 

Juan dejaba que las gotas de lluvia de esas ideas maravillosas cayeran sobre el campo de su alma. Permitía que araran su terreno, quitaran la maleza, lo dejaran limpio, y, con mayor fuerza, floreciera. Ese era el templo más hermoso en el que el Eterno se encontraba con las almas.

domingo, junio 4

EL AMOR CAMBIA, DE TODO, LA VISIÓN

Lucas comparaba dos largos períodos de su vida. Se sorprendía de lo que realmente representaban en su vida. No se había dado cuenta hasta que sus hijas fueron a visitar a su hermana. Su tía les contó que su padre era una persona débil, enclenque, debilucha y con ciertas dificultades de salud. Había tenido varías crisis de enfermedades en su cuerpo. 

Su hermana tenía razón. Sufrió una operación pulmonar con sólo un año de edad. Estuvo muy malito. La muerte le rondaba, pero fue capaz de superar aquella infección. Más tarde a los cuatro años estuvo aquejado de tuberculosis en grados mínimos. Su madre luchó para sacarlo y no tener que internarlo en un hospital. 

Una hepatitis y algunas lipotimias sufridas de vez en cuando iba conformando su cuadro en aquel período. Cuando sus hijas regresaban de la casa de su tía, Lucas les preguntaba. Sus hijas les respondían: “La tía nos habla de una persona que no conocemos, papá”. “Nosotros nunca te hemos visto enfermo en toda nuestra vida”. 

Sus hijas jovencitas también decían verdad. Desde su boda, Lucas no había sufrido ninguna enfermedad. Había cambiado las incertidumbres de la casa paterna por el amor de su casa familiar con su esposa. Había encontrado al lado de aquella novia, de aquella, su mujer, una plenitud y una tranquilidad que le había devuelto la energía y el entusiasmo continuo. 

A pesar de todos los esfuerzos realizados, la alegría le había devuelto a su cuerpo toda la capacidad de juventud para superar todos los obstáculos que se opusieran en la consecución de sus fines. El amor le había dado el regalo de su salud, de su alegría, de su entusiasmo y de la tranquilidad en la creencia de sus posibilidades. 

“Cuando Ellos llegan, el propósito del tiempo se consuma. Lo que nunca tuvo lugar desaparece en la nada cuando Ellos llegan. Lo que el odio reivindicaba se entrega ahora al amor, y la libertad ilumina toda cosa viviente y la eleva hasta el Cielo, donde las luces se encienden con mayor fulgor a medida que cada una vuelve al hogar”. 

“Lo incompleto se vuelve completo de nuevo, y el gozo del Cielo aumenta porque lo que era suyo le ha sido restituido. La tierra ha quedado limpia de toda mancha de sangre, y los dementes se han desprendido de sus vestimentas de demencia para unirse a Ellos en el lugar donde tú te encuentras”. 

Lucas había constatado que sus dos etapas diferentes estaban presididas por un amor distinto, diferente. El amor de su esposa le había traído una paz maravillosa. El amor del Eterno que había descubierto junto a ella, le había dado esa fuerza y ese solaz de la confianza y de la entrega. 

Todo ese tesoro de seguridad y amor se había desarrollado con la fuerza del corazón. Lucas entendía ahora muy bien las dos etapas distintas que había vivido. Su experiencia, sin duda, estaba hecha para el amor.

sábado, junio 3

EXPANDIR LOS LÍMITES DE NUESTRA CONSCIENCIA

Marcos estaba mucho más tranquilo. Veía ahora el mundo mil veces más brillante. Se veía a sí mismo mil veces más ligero. La vida le había puesto un difícil obstáculo en el camino. Su padre, ese ser que le había dado la vida, ese ser que lo había conducido a través de su crecimiento, había abandonado a su madre y se había unido a otro hombre. 

La homosexualidad para Marcos era tabú. Un revés en la vida del ser humano que no debía producirse. Una conducta equivocada desde las raíces profundas de sus creencias cristianas. Un hombre profundamente religioso se enfrentaba ahora a la experiencia directa de esa condición en su propia familia, en su propio padre. Una prueba muy dura en su vida. 

El dolor de la separación de sus padres se unió a la razón de dicha separación: la homosexualidad. La posterior unión en pareja con otro hombre había abierto un abismo de incomprensión, de rechazo, de dolor, de rabia interna intensa. La relación entre Marcos y su padre se rompió. Se quebró. Se desmoronó. 

Un dolor como un carbón encendido quedó como testigo de esa herida doliente en su corazón. El rechazo se había consumado. Pasó el tiempo, pasaron los años, pasaron muchos veranos e inviernos. Voces le llegaron de comprensión y de aceptación. Voces que lucharon en su corazón. 

Las voces le decían que sobre todo era una persona, un ser que lo había cuidado, un ser del que no podía pedir nada más. Marcos, en su interior, lo había condenado, Marcos, en su interior, debía alcanzar ese perdón para sí mismo y para su padre. Las lluvias, las siegas, las primaveras y los otoños fueron labrando su campo interno. 

Marcos era una gran persona y debía romper esa barrera que él había puesto con toda su fuerza mental. Poco a poco la debilitaba, la desgastaba, cedía. Una luz nueva aparecía en su horizonte: “La sangre del odio desaparece permitiendo así que la hierba vuelva a crecer con fresco verdor, y que la blancura de todas las flores resplandezca bajo el cálido sol del verano”. 

“Lo que antes era un lugar de muerte ha pasado a ser ahora un templo viviente en un mundo de luz. Y todo por Ellos. Es Su Presencia la que ha elevado nuevamente a la santidad para que ocupe su lugar ancestral en un trono ancestral”. 

“Y debido a Ellos los milagros han brotado en forma de hierba y flores sobre el terreno yermo que el odio había calcinado y dejado estéril. Lo que el odio engendró Ellos lo han deshecho. Y ahora te encuentras en tierra tan santa que el Cielo se inclina para unirse a ella y hacerla semejante a él”. 

“La sombra de un viejo odio ya no existe, y toda desolación y aridez ha desaparecido para siempre de la tierra a la que Ellos han venido”. 

Marcos abrió los límites de su comprensión. Los expandió para incluir en ellos la nueva condición de su padre. Nada le podía quitar esa hermosa relación que siempre había tenido con él. Ahora, hacía un acto de humildad. Le daba a su padre la posibilidad de realizarse como tal. 

Esa era la cualidad del milagro. No imponer nada a nadie. Aceptar con el corazón abierto la hermosa realidad que cada uno tenía en su ser y dejarlo vivir de acuerdo a esa maravillosa interna verdad. Eso era amor y completa libertad.

viernes, junio 2

CONFIANZA CONSCIENTE

Mateo pensaba en su nieto. Era un niño pequeño de unos ocho meses. Con tan corta edad le estaba dando toda una serie de lecciones que le estaban llegando muy hondo. Veía en ese niño el desarrollo de una total confianza en sus padres: tanto en su mamá como en su papá. Era un niño tranquilo. Daba paz a toda la familia. 

Desde pequeño siempre había estado unido a su madre. No se despegaba de ella. Como una india, o aborigen de antiguos tiempos, la mamá había decidido criarlo con su cercanía envuelta de un embozo que lo mantenía pegado a su cuerpo. Uno de los miembros de la familia lo tachaba de una experiencia marsupial. 

Sentía el cuerpo de su madre. Dormía apoyado en su cuerpo. Siempre la acompañaba. Madre e hijo formaban una unidad continua y constante en su vida. Mamaba cada vez que lo pedía. Era un desarrollarse siguiendo el reloj del cuerpo biológico. Una experiencia especial para estos tiempos modernos donde las costumbres eran tan diversas. 

Mateo sabía que la confianza y la seguridad interna eran vitales para su nieto. Si en alguna ocasión lo cogía para tenerlo en los brazos, sabía que debía mirarlo a la cara y decirle en el silencio que su paz y su seguridad estaban garantizadas. El niño reaccionaba muy bien a esas actitudes. Así permitía separarse del cuerpo de la madre y gozar de otras experiencias. 

Recordaba un gran maestro que decía que debíamos volvernos como niños para entrar en el Reino de los Cielos. Mateo, con su nieto, descubría que era la total confianza. Cierto autor le había expresado que nacíamos niños y vivíamos esa época de forma inconsciente. De mayores, deberíamos volver a ser niños de forma consciente. 

Mateo trataba de desarrollar esa confianza que veía en su nieto hacia su madre en una confianza suya hacia el Eterno. Esa confianza le proporcionaría paz, tranquilidad y seguridad interna. “¿Sería mucho pedir que tuvieses un poco de confianza en aquel que te trae a Cristo para que todos tus pecados te sean perdonados, sin excluir ni uno solo que todavía quisieras valorar?”

“No olvides que una sola sombra que se interponga entre tu hermano y tú nubla la faz de Cristo y el recuerdo de Dios. ¿E intercambiarías Éstos por un odio inmemorial? El suelo que pisas es tierra santa por razón de Aquellos que, al estar ahí contigo, la han bendecido con Su inocencia y con Su paz”. 

Mateo se afirmaba en la función de la paz. Debía aprenderla de su nieto. Esa confianza que le brindaba la tranquilidad. Y esa inocencia al ver a todos como merecedores de su sonrisa y de su cariño natural. Ser como niños grandes, conscientes ahora de lo que elegimos. Confianza en el Eterno total. Confianza en el hermano al saber que en él moran Cristo y su Padre Celestial.

jueves, junio 1

NUESTRA GRANDEZA A SALVO

Guille recordaba los momentos en los que una opinión sobre él, expresada por una persona aceptada por una amplia comunidad, le había hecho bien. Una opinión equilibrada, comprensiva y de apoyo. Se decía a sí mismo que no nos conocíamos realmente. Necesitábamos, ante tal desconocimiento, que alguien nos dijera y nos recordara lo que realmente éramos. 

Nos animaba y nos daba fuerzas para recorrer el camino. Era grato escuchar en boca de otros la afirmación de nuestros dones y de nuestros talentos. Siempre tenía mucha más fuerza que nuestro pensamiento. Parecía que nos descubríamos otra vez. Parecía que no viviéramos con nosotros mismos. O quizás, a fuerza de vivir con nosotros mismos, terminábamos desconociéndonos. 

Guille tenía la idea de que aquellas personas que más le conocían no tenían una idea clara de quién era él. Algunas de esas personas que lo miraban con amor se acercaban a lo que sentía en su interior. Los demás parecían ser conocidos por nosotros. Nosotros mismos parecíamos ser unos desconocidos para nosotros mismos. 

Era bueno recibir, de vez en cuando, unas palabras animadoras que nos recordaran la maravilla que existía en nosotros. “¡Cuán santo debes ser tú, que desde ti la Voz de Dios llama amorosamente a tu hermano para que puedas despertar en él la Voz que contesta tu llamada!”

“¡Y cuán santo debe ser tu hermano cuando en él reside tu propia salvación, junto con su libertad! Por mucho que lo quieras condenar, Dios mora en él. Pero mientras ataques Su hogar elegido y luches con Su huésped, no podrás saber que Dios mora igualmente en ti”. 

“Mira a tu hermano con dulzura. Contempla amorosamente a aquel que lleva a Cristo dentro de sí, para que puedas ver su gloria y regocijarte de que el Cielo no esté lejos de ti”. 

A Guille nunca le habían dirigido tan hermosas palabras. Las repetía en su interior: “¡Cuán santo debes ser tú, que desde ti la Voz de Dios llama amorosamente a tu hermano!” Le hacía mucho bien pensar de esa manera. Era como una visión nueva en la pantalla de su vida, en la película de sus andanzas. 

Dios mismo le decía que tenía una hermosa dignidad. Dios mismo le decía con naturalidad lo inmenso que había en su vida. Era una consideración que le abría toda su alma. Le hacía ver, desde su grandeza, la grandeza de los demás. Y esa maravilla le hacía elevarse por encima de los horizontes de sus caminos trillados en la vida. 

Le hacía elevarse por encima de todas aquellas opiniones que había recibido de indiferencia, menosprecio y poca calidad. Alguien con unos ojos muy potentes y verdaderos veía, sin temor a equivocarse, su grandeza y su dignidad. ¡Maravilloso Dios que nos devolvía nuestra realeza y nuestra bondad!