viernes, julio 7

EL CORAZÓN DIRIGE A LA MENTE

Mi amigo de Centroamérica era de inteligencia despierta, vivo en captar las situaciones y entregado en la búsqueda de soluciones. Persona intensa, auténtica, entregada y estupenda. Era un placer su conversación. Los minutos y las horas pasaban y no nos dábamos cuenta del tiempo cronológico. 

El tiempo psicológico se fundía en un minuto que nos parecía la eternidad de lo bien que nos sentíamos. Ese minuto nunca pasaba por el interés, la alegría, el encuentro y la energía que compartíamos. Era una delicia y no podíamos dejar de lado el reloj cronológico para no recibir una sorpresa en forma de mucho tiempo pasado. 

Las responsabilidades debían ser cubiertas y resueltas por nuestros respectivos deberes. Algún que otro enfado, revés, contrariedad había surgido. Siempre se decía que el tiempo era capaz de superar cualquier inconveniente. Pasar del enfado a la calma tomaba su tiempo. Pasar del sentimiento a la paz entendíamos que debía ser paulatino y progresivo. 

Se había asumido de esa manera. Por eso, los sabios consejos de que al siguiente día las cosas, desde la distancia, se veían muy diferentes. El ardor del momento las desvirtuaba y las deformaba, las distorsionaba y ponía intenciones que no tenía. La mente bajo el sentimiento herido no funcionaba. El sentimiento se imponía. 

La mente no dirigía el sentimiento. Era el sentimiento el que dirigía a la mente. Así la mente dirigida por el sentimiento herido se afanaba en buscar los momentos de molestia para engrandecerlos. En cambio, un corazón en paz y cariñoso, perdonador y comprensivo, despertaba a una mente que buscaba todos los momentos de unión que habían surgido en el camino. 

Y eso era una delicia. El corazón perdonador y unido siempre fijaba su atención en la unión. La mente seguía esa disposición del corazón. “Por eso es por lo que el tiempo no tiene nada que ver con la situación de ningún problema, ya que cualquiera de ellos puede ser resuelto ahora mismo”. 

“Y por eso es también por lo que, en tu estado mental, ninguna solución es posible. Dios tiene que haberte dado, por lo tanto, una manera de alcanzar otro estado mental en el que se encuentra la solución. Tal es el instante santo”. 

“Ahí es donde debes llevar y dejar todos tus problemas. Ahí es donde les corresponde estar, pues ahí se encuentra su solución. Y si su solución se encuentra ahí, el problema tiene que ser simple y fácil de resolver. No tiene objeto tratar de resolver un problema donde es imposible que se encuentre su solución”. 

“Mas es igualmente seguro que se resolverá si se lleva donde se encuentra la solución”. 

Tratábamos de aplicar estos pensamientos que llegaban hasta nosotros. Sentirnos heridos, molestos y sentidos no era el estado mental para solucionar nada. Más bien era el momento de atacarnos, de herirnos mutuamente y de imponernos el uno al otro. 

La mente siguiendo al sentimiento molesto sacaba de toda la experiencia los momentos espinosos que servían para sentirnos más, para molestarnos más. Un proceso en un círculo vicioso que se iba agrandando con nuestros inconvenientes comentarios y palabras inadecuadas. 

En cambio, echar mano del corazón santo, tranquilo, sosegado, sabio y sereno nos daba otra visión de las cosas. Entonces la mente se esforzaba por poner de manifiesto las buenas actitudes desarrolladas por ambos. Cada comentario era un bálsamo, era una delicia de dulzura, era un calmante de nuestras heridas habidas. 

Había que echar mano de ese instante santo, de ese instante de corazón amante y comprensivo, de esa verdad grabada en los corazones sinceros. Se destapaba y cubría cualquier malentendido entre los dos. No era cuestión de tiempo. Era cuestión de amor. De amor entre los dos. De amor entre dos seres humanos.

jueves, julio 6

LA QUIETUD: NUESTRA PUERTA A LA LUZ

El señor García hacía su aparición cada día a la misma hora. Iba a revisar las instalaciones y la situación de los laboratorios de la universidad. Sabía que los alumnos, en su juventud y en sus momentos de charlas, podían dejar abiertos ciertos grifos, ciertos mecheros de gas. 

Al principio de curso eran muy cuidadosos, pero al avanzar los días se familiarizaban con todos los artefactos y la prudencia y el control bajaban. Las conversaciones tomaban sus prioridades y creían que dejaban todo en perfecto estado. Eran materiales altamente inflamables y altamente agresivos para dejar de tomar todas las precauciones. 

Josué seguía con su mirada las inspecciones del señor García. Centrado en él mismo, sin permitir dejarse despistar por ninguna conversación iba revisando cada grifo, cada mechero, cada bombona, cada recipiente de materia agresiva. Todo debía estar en perfecto estado. Nada podía perturbar el aprendizaje de los alumnos. 

Nada de tabaco, nada de cerillas, nada sin ponerse los guantes en las manos. Cada gesto, cada actitud, cada mirada estaba dirigida a su objetivo. La seguridad de los alumnos estaba en sus manos, en sus pensamientos y en su concienzuda vigilancia. No podía fallarles. No podía ponerlos en riesgo. 

Su teléfono personal sonó. Lo cogió. Vio la llamada. La colgó y continuó pasando su certera y precisa revisión. No eran momentos de conversación. Otros asuntos podían esperar. La inspección era suprema y así se lo indicaba a su mente. No le permitía pensar en otros asuntos que no fueran la seguridad, la desconexión y el sellado de los envases. 

Josué se quedaba estupefacto. Cada día, cada mañana, le llamaba la atención el señor García. Sabía hacer muy bien su trabajo. No permitía que nada ni nadie le distrajera y podía así certificar, sin temor a equivocarse, que se podían utilizar los laboratorios a plena conciencia y con plena confianza. 

“En la quietud todas las cosas reciben respuestas y todo problema queda resuelto serenamente. Pero en medio del conflicto no puede haber respuesta ni se puede resolver nada, pues su propósito es asegurarse de que no haya solución y de que ninguna respuesta sea simple”. 

“Ningún problema puede resolverse dentro del conflicto, pues se le ve de diferentes maneras. Y lo que sería una solución desde un punto de vista, no lo es desde otro”. 

“Tú estás en conflicto. Por lo tanto, es evidente que no puedes resolver nada en absoluto, pues los efectos del conflicto no son parciales. No obstante, si Dios dio una solución, de alguna manera tus problemas tienen que haberse resuelto, pues lo que Su Voluntad dispone ya se ha realizado”. 

Josué entendía muy bien, ante la lectura de la quietud y del conflicto, la actitud de paz y de tranquilidad del señor García. Debía estar en quietud, en paz, en serenidad. No podía perder esa quietud ni esa paz. Su trabajo dependía de su paz. Si se centrara en sus conflictos, se le pasarían por alto algunos detalles realmente peligrosos. 

Josué pensaba que muchos de nosotros éramos inconscientes de que, desde el conflicto, no podíamos abordar ninguna solución, ningún trabajo bien hecho, ninguna relación bien orientada. La afirmación era tajante: “Tú estás en conflicto”. Por ello, nuestra búsqueda de la quietud y de la paz se ofrecía como indispensable. 

La quietud y la paz nos podían dar muchas soluciones que nunca podríamos encontrar desde el fragor del conflicto y de los ánimos alterados. Era indispensable dejar que el ardor pasara y que los vientos amainaran. En una situación de quietud y de paz todo podría ser considerado con precisión y efectividad.

miércoles, julio 5

LA PAZ DEL VACÍO NOS ENVOLVÍA

Enrique entraba poco a poco en la comprensión de la meditación. En un inicio creía que era centrarse en un tema, en un asunto. Era como dejarlo sencillamente quieto y dejar que la mente lo estudiara desde diversos puntos de vista. Sin embargo, no era eso, con precisión, lo que ofrecía la meditación. 

La meditación se aplicaba a la mente. Nuestra mente era intensa, continua, constante, imparable y, en ocasiones, insoportable. Le daba vueltas a todo. Se fijaba en aquellas ideas que temíamos. Y, cuanto más las temíamos, más vueltas les daba y más las magnificaba. 

Era como tener a nuestro propio enemigo dentro de nosotros. Era como derrotarnos con nuestros miedos ante la batalla del día, las incidencias que debíamos afrontar. Recordaba la afirmación de un sabio: “los hombres pueden ser vencidos de dos maneras: de forma física y de forma anímica”. La mente era la vía para ser vencidos de forma anímica. 

La especificidad de la meditación era dejar de focalizar ideas, dejar de centrarse en esos conceptos que nos herían y molestaban. Enrique iba descubriendo que, a medida que no les prestaba atención a esas ideas, su poder disminuía. Su mente las dejaba pasar sin causar tanto daño en el sentimiento. Era como quitarse un peso de encima. 

El pensamiento se liberaba y permitía que una nueva alegría lo llenara y entonces el vacío de los pensamientos eran reemplazados por la luz, la paz, la ilusión y la verdad. Momentos de paz que disfrutaba. La meditación no era cargar con nuevas visiones. La meditación trataba de aligerarlos y dejarlos marchar. 

“Un espacio vacío que no se percibe ocupado y un intervalo de tiempo que no se considere usado ni completamente empleado, se convierten en una silenciosa invitación a la verdad para que entre y se sienta como en casa”.

“No se puede hacer ningún preparativo que aumente el verdadero atractivo de esta invitación. Pues lo que se deja vacante Dios lo llena, y allí donde Él está tiene que morar la verdad”. 

“La creación es un poder que no se puede debilitar y que no tiene opuestos. Nada puede apuntar a lo que está más allá de la verdad, pues, ¿qué podría representar a lo que es más que todo? El verdadero reemplazo de los pensamientos por el vacío, no obstante, tiene que ser benévolo”. 

Enrique entendía muy bien que ese dejar marchar a los pensamientos debía ser hecho desde la paz, desde la tranquilidad, desde el sosiego. La paz ofrecida podía dejar ir los pensamientos y atraer ese vacío que se llenaba de la paz de Dios. La paz atraía la paz. La paz invitaba a la paz. La paz se entendía muy bien con la paz. 

Y la paz nos unía, nos llenaba de paz. Y, con esa paz, todo mal desaparecía. Toda confusión se evaporaba. Todo enojo se diluía. Toda tormenta se calmaba. Y todo enfrentamiento se resolvía. 

¡Gloriosa meditación que con la paz nos liberaba, nos cambiaba, nos transformaba, nos permitía ver más claro, nos refrigeraba con sus aguas cristalinas y, llenos de felicidad, nos abrazaba.

martes, julio 4

SABER VER SÓLO UNA PARTE EN LOS DEMÁS

Carlos soñaba, en ocasiones, en situaciones donde las personas se ayudaran unas a otras, la comprensión imperara y las ayudas mutuas fueran las relaciones naturales y agradables entre todas las personas. Era un sueño que muchos humanos tenían en sus corazones. Siempre había personas que decían que era un sueño y nada más que un sueño. 

Eso realmente nunca ocurriría. Todos eran malos. Todos eran de cuidado. Todos, menos él, eran merecedores del desprecio. Sólo se salvaban unos poquitos. Carlos recordaba esas expresiones dichas por variedad de personas. Sin embargo, la veta soñadora de Carlos se imponía. 

Reconocía que, si ellos mismos les quitaban el poder a los demás, no podría ejercerse ese poder en la ayuda mutua. Ese poder de apoyo se transformaba en poder de desconfianza. Un poder debilitado porque el poder y la desconfianza no casaban ni se unían. 

Recordaba con nostalgia aquel director que tuvo en su escuela. Nunca decía nada mal de nadie. Nunca expresaba ninguna queja dirigida a ninguna persona. Era una persona distinta. Siempre que debía emitir alguna idea sobre una persona destacaba sus mejores virtudes y sus mejores servicios a la comunidad. 

Era un ejemplo claro de varias ideas: respeto, admiración, saber valorar a las personas, saber ver lo bueno, saber ver lo estupendo. Era una mirada especial que no se multiplicaba en exceso. Casi sin darnos cuenta, estábamos enzarzados en desprestigiar a los demás. 

Alguien decía que era un ejercicio de protección personal. Si desvalorizábamos a los demás, no nos sentíamos solos en nuestro proceso de desvalorización. Una pena seguir por esa senda. La alegría se despertaba en el reconocimiento hermoso de cada persona. 

Aquel director nunca se le olvidó de su memoria y de sus experiencias: “Has decidido hacer de tu hermano el símbolo de un “amor-odioso”, de un “poder-débil”, pero sobre todo, de una “muerte-viviente”. Y así, él no significa nada para ti, pues representa algo que no tiene sentido”. 

“Representa un pensamiento que se compone de dos partes, en el que una de ellas anula a la otra. Sin embargo, la mitad que fue anulada contradice de inmediato a la otra, de modo que ambas desaparecen”. 

“Y ahora él no representa nada. Los símbolos que no representan otra cosa que ideas inexistentes no pueden sino representar la vacuidad y la nada”. 

Carlos veía que con sus ideas erróneas sobre los demás los convertía en vacuidad. Veía con una tenue luz que él mismo iba quitando el poder a la gente. No le daba el respeto oportuno. No la valoraba adecuadamente. No la apreciaba en su debida dignidad. 

Al quitar el poder a la gente se lo quitaba a sí mismo. Y este juego era el que se desarrollaba entre todas las personas sin ser conscientes de que era su propia muerte: eran “muertos-vivientes”. Esa mezcla de dos partes contradictorias que una de ellas desaparece y arrastra totalmente a la otra. 

Maravillosa acción de aquel director que nunca decía de una persona nada, nada negativo. Para él, las personas solamente tenían una parte. La otra parte no la miraba, no la veía, no la consideraba. Sabía que si la consideraba no estaba viendo la falta en el otro sino la proyección de su falta en el otro. 

Al ver lo bueno en los demás, subrayaba lo bueno y lo positivo en él mismo. Una claridad sabia que se estaba instalando en él mismo. Carlos pensaba, se deleitaba, se serenaba y se decía a sí mismo el gran poder que tienen los humanos si no juegan a utilizar dos partes para hablar de los demás.

lunes, julio 3

EL PODER A NUESTRO ALCANCE

Pablo recordaba, con emoción, el poder de una sonrisa, el poder de una mirada, el poder de un estrechamiento de manos, el poder de un abrazo, el poder de una actitud honesta y solidaria. Momentos que se grabaron en el almacén divino de su alma por la potencia y por los cambios que esos simples gestos provocaron. 

Realmente fueron simples, sencillos gestos, pero la fuerza transformadora que desencadenaron dio muestra de su enorme poder en el camino de la vida, en el transcurrir de las emociones y en la apertura inmensa de los corazones que las experimentaron. Había un poder que sobrepasaba todo entendimiento.

Había un poder que cambiaba incluso el funcionamiento de las células del cuerpo, las funciones de sus órganos y la elaboración de las hormonas de la paz y de la alegría que daban tal placer al cuerpo, a la mente, al espíritu y a los ojos abiertos como estrellas, fascinados por la luz de su encuentro. 

Todo ello vibraba en el interior de Pablo. Todo ello estaba grabado en sus poros y en sus recuerdos. Todo ello se elevaba como la gran ilusión de los ojos y del corazón enamorado de todo. Era como una nueva visión. Era como una nueva forma de pensar. Era como una personalidad distinta que emergía de la alegría. 

Poder sin lugar a dudas. “El poder no puede oponerse a nada. Pues ello lo debilitaría, y la idea de un poder debilitado es una contradicción intrínseca. Una fuerza débil es algo que no tiene sentido, y si el poder se utiliza con el propósito para debilitar, se está utilizando para limitar”. 

“Por lo tanto, no puede sino ser limitado y débil, ya que ese es su propósito. Para ser lo que es, el poder no puede tener opuestos. Ninguna debilidad puede adentrarse en él sin convertirlo en algo que no es. Debilitar es limitar e imponer un opuesto que contradice al concepto que ataca”. 

“Y ello añade al concepto algo que es ajeno a él, y lo hace ininteligible. ¿Quién podría entender conceptos tan contradictorios como “un poder-débil” o “un amor odioso?””. 

Pablo se aferraba al concepto de poder fuerte y saludable. Se repetía que el poder no podía atacarlo, menospreciarlo, dejarlo de lado, burlarse o hacer bromas de indiferencia. Si una mirada auténtica y comprensiva tenía ese poder, no podía minimizarla y tratar de desdibujarla en la experiencia. 

No podía subsumirla como un acto reflejo carente de significado para deshacer todo ese poder que fluía por los ojos. No podía dejar de sentir ese apretón de manos cariñoso y compasivo que recibía de sus amigos y de personas queridas. No podía interpretar que eran apoyos sociales carentes de corazón. 

Pablo descubría que él mismo, en ocasiones, les quitaba ese poder a esos gestos, a esos abrazos y a esos apoyos con interpretaciones vacías, superfluas que dejaban la comunicación como un encuentro sin sentido. Decidió, al darse cuenta, que siempre tendría presente el poder en su vida. 

Nunca osaría, con su mente errante e inquieta, tratar de menospreciar el menor signo de cariño que cualquier alma noble y cariñosa le compartiera.

domingo, julio 2

EL PROCESO DE UNIFICACIÓN DE NOSOTROS MISMOS

Juan estaba llegando a una conclusión clara y certera en su conocimiento. Era incapaz de conocer realmente a nadie. A la única persona que podía conocer era a sí mismo. Recordaba el dicho: “Piensa el ladrón que todos son de su condición”. Este dicho le refería claramente que la persona se veía reflejada en los demás, en todos los que le rodeaban. 

El ladrón que se conocía, que vivía en sus manejos interiores, en sus pensamientos y en sus motivaciones, creía que todos eran iguales a él. Todos tenían esos mismos pensamientos, esas mismas manipulaciones, esas mismas conclusiones. Así que, si él era ladrón, todos eran ladrones. 

Juan se daba cuenta que se podría aplicar a cualquier concepto de la vida. Si una persona mentía, creía con todo su poder que todas las personas mentían. La mentira tenía la capacidad de resolver y esquivar errores y evitar enfrentar ciertos malentendidos molestos. Así que vería en los demás detalles, apariencias, motivos, y todo eso sería interpretado como un proceso de mentira. 

Las personas no podemos ver a los demás. Nos vemos a nosotros mismos reflejados en los demás. No podemos analizarlos. Recordaba una discusión entre dos amigos suyos. Uno entendía que no había nada en este mundo que no se hiciera con un motivo de ganar algo. El otro sostenía su posición de que la generosidad no pedía nada. 

Por mucho que discutieron no pudieron llegar a ningún acuerdo. Si uno hacía algo para ganar algo, no entendía al generoso que lo hacía para resolver y para apoyar únicamente a otra persona, sin ningún otro objetivo en mente. Juan se daba cuenta que el problema se hallaba en el interior de cada uno de nosotros. 

Según pensábamos, según habíamos decidido interpretar en nuestro interior, interpretábamos a los otros. Era una proyección de nosotros mismos a los demás. Así que Juan concluía que no podía conocer a los demás. Solamente se conocía a sí mismo cuando analizaba a los otros. Seguía sus propios parámetros en el análisis. Parámetros que él había decidido. Y, creía, erróneamente, que los demás seguían sus mismos parámetros. Y realmente no era así. 

“La corrección debe dejarse en manos de Uno que sabe que la corrección y el perdón son lo mismo. Cuando sólo se dispone de la mitad de la mente, esto es incomprensible”. 

“Deja, pues, la corrección en manos de la Mente que está unida y que opera como una sola porque su propósito es indiviso y únicamente puede concebir como suya una sola función”. 

“He aquí la función que se le dio, concebida para que fuese la suya propia y no algo aparte de aquello que su Dador todavía conserva precisamente porque es una función que se ha compartido”. 

“En el hecho de que Él acepte esta función residen los medios a través de los cuales tu mente se unifica. Este único propósito unifica las dos mitades de ti que tú percibes como separadas. Y cada uno perdona al otro, a fin de poder aceptar su otra mitad como parte de sí mismo”. 

Juan veía en ese camino la posibilidad de comprensión, de perdón, de unificación de sus dos mitades en una sola. No podía comprender a nadie. Podía, en cambio, perdonar al otro. En ese proceso de perdón aceptaba el error de la mitad de su mente y se unificaba. 

Así la función del otro era una función de espejo, de reflejo, de mirada sobre uno mismo. Y al perdonar, la persona, con la ayuda del otro, encontraba su propia unificación. Se podría concluir que no nos podíamos salvar sin la cooperación y sin la función del hermano. 

El espejo de nosotros se hallaba claro en nuestros objetivos, en nuestros criterios y en nuestros ataques. Perdonar al hermano era perdonarse a sí mismo, era dejar de ser dos mitades y alcanzar la unidad como el mayor tesoro de la vida.

sábado, julio 1

IGUALES TODOS, INCLUSO EN LA JUSTICIA

Lucas estaba entretenido con la doble vara de medir de cada uno de los humanos. Cada uno tenía muchas razones para indicar que lo ajeno era perjudicial y censurable. También tenía razones para comprenderse mucho mejor a sí mismo porque, se vivía desde dentro de uno y, en muchas ocasiones, no había habido ninguna mala intención. 

Lo característico del caso era que todos mirábamos desde nuestro interior las incidencias que ocurrían. Si podíamos deducir que, en nuestro interior, al conocer muy bien las incidencias, podíamos ser mucho más comprensivos, lo mismo sucedía con cada persona. Todos éramos muy comprensivos con nosotros mismos. 

Todos éramos iguales en nuestros planteamientos. Eso nos llevaba a comprender mucho más a los demás y a considerarlos iguales a nosotros. No había diferencia. “Una actitud de justicia”, se repetía para sí mismo Lucas. En lugar de censurarnos y atacarnos unos a otros, debíamos darnos la mano y darnos la comprensión que anidaba en el corazón y en nuestra mente. 

“Observa cómo esta percepción de ti mismo no puede sino extenderse, y no pases por alto el hecho de que todo pensamiento se extiende porque ése es su propósito debido a lo que realmente es”. 

“De la idea de que el ser se compone de dos partes, surge necesariamente el punto de vista de que su función está dividida entre las dos. Pero lo que quieres corregir es solamente la mitad del error, que tú crees que es todo el error”. 

“Los pecados de tu hermano se convierten, de este modo, en el blanco central de la corrección, no vaya a ser que tus errores y los suyos se vean como el mismo error”. 

“Los tuyos son equivocaciones, pero los suyos son pecados y, por ende, no son como los tuyos. Los suyos merecen castigo, mientras que los tuyos, si vamos a ser justos, deberían pasarse por alto”. 

Lucas no podía pasar esa idea por alto. Catalogar el error de los demás como mucho más grave que el propio era una distorsión total de nuestra visión. No había diferencia entre nuestro interior y el interior de nuestros hermanos. No había división entre nuestra comprensión y la de nuestros hermanos.

Todo el proceso era el mismo. Solamente al final parecía que nos era más fácil hacer la distinción con los otros, basándose en una comprensión mayor a nosotros mismos. La balanza de la justicia se desequilibraba y los censurábamos con todas nuestras fuerzas. 

Un error total. Una equivocación brutal. Éramos iguales. Teníamos los mismos órganos. Disponíamos de las mismas capacidades. El resultado debería ser el mismo. Si en nosotros eran equivocaciones y no pecados, en los demás eran también equivocaciones y no pecados. 

El sentido de equidad se imponía. La doble vara de medir no tenía ningún sentido, ninguna justificación, ninguna justicia. Éramos todos iguales en todo.