lunes, marzo 13

SUPREMACÍA DE NUESTRO OBJETIVO

Guille no dejaba de descubrir conceptos nuevos que revolucionaban sus conocimientos y sus saberes. Había escuchado de la relación entre la mente y el cuerpo. Había leído sobre las relaciones psicosomáticas. La relación entre mente y cuerpo estaba aceptada. El cuerpo era la parte más tosca de la mente. La mente era la parte más refinada del cuerpo. 

Pero, ahora, delante de sí, tenía el tema de la libertad. Los dos, el cuerpo y la mente, no podían ser libres. Solamente uno de ellos era libre. “¿Deseas la libertad del cuerpo o la de la mente? Pues no puedes tener ambas. ¿Qué valoras más el cuerpo o la mente? ¿Cuál de ellos es tu objetivo? Pues a uno de ellos lo ves como un medio; al otro, como un fin”. 

Guille se quedaba suspenso, caviloso y pensativo. Casi sin darse cuenta, había elegido la mente como elemento principal. Una mente que era una presencia consciente. Se daba cuenta de lo que hacía, de lo que pensaba, de lo que vivía y de todas las acciones que desarrollaba. La mente, sin lugar a dudas, era un gran descubrimiento en su vida. 

La apreciaba mucho más a medida que había ido creciendo y entrando en años. La mente no se hacía mayor. El cuerpo dejaba impresa en su apariencia el paso del tiempo. La mente continuaba tan clara, fresca, maravillosa y juvenil como en sus años de mocedad. Guille se sorprendía de las ilusiones que pululaban por su mente a pesar de su avanzada edad. 

Lo tenía claro. Mientras el cuerpo se iba cambiando con los años, la mente continuaba con su darse cuenta de un modo continuo y constante. Muchas veces se había repetido a sí mismo: “somos, en esencia, mente”. El cuerpo nos separaba de los demás. Pero la mente nos unía en nuestros proyectos, en nuestros sentimientos, en nuestras luchas por la vida, en nuestros abrazos comprensivos y cariñosos. 

Ese sentimiento de unidad radicaba en la mente. Los cuerpos proclamaban sus diferencias. No se podían unir. Pero las mentes podían fundirse en una maravillosa conversación y sentirse, en esas palabras, volando por los aires del cielo. Su elección estaba hecha. Quería seguir leyendo para ir conociendo más de esa relación entre la mente y el cuerpo. 

“Y uno de ellos tiene que servir al otro y dejar que predomine, realzando su importancia al disminuir la suya propia. Los medios sirven al fin, y a medida que el fin se alcanza, el valor de los medios disminuye, quedando totalmente eclipsados cuando se reconoce que no tienen función alguna”. 

“Todo aquel que anhela la libertad tratará de encontrarla. Pero la buscará donde cree que está y donde cree que puede hallarla. Creerá que es igualmente posible alcanzar o bien la libertad de la mente o bien la del cuerpo, y elegirá a uno de ellos para que sirva al otro como medio para encontrarla”. 

Guille vibraba. Se daba cuenta que había hecho la elección oportuna según su experiencia de la mente en su vida. Su finalidad era la mente. El cuerpo sería el medio para encontrarla. El cuerpo en sí no tenía ningún fin. La idea quedaba clara: “Y uno de ellos tiene que servir al otro y dejar que predomine, realzando su importancia al disminuir la suya propia". 

"Los medios sirven al fin, y a medida que el fin se alcanza, el valor de los medios disminuye, quedando totalmente eclipsados cuando se reconoce que no tienen función alguna”. Un paso más en ese camino de ver la claridad de la vida. 

La mente no envejecía. El cuerpo envejecía. La mente era su objetivo. El medio era el cuerpo. Guille se liberaba, se alineaba con la mente. Respetaba a su cuerpo como medio, pero iba desapareciendo a medida que la mente iba tomando su preeminencia. La mariposa de la mente iba saliendo de su cuerpo de oruga.

domingo, marzo 12

¿CÓMO SE SUPERAN LAS ILUSIONES?

Benito pensaba mientras leía aquellos renglones: “¿Cómo se superan las ilusiones? Ciertamente no mediante el uso de la fuerza o de la ira, ni oponiéndose a ellas en modo alguno. Se superan dejando simplemente que la razón te diga que las ilusiones contradicen la realidad. Las ilusiones se oponen a lo que no puede sino ser verdad”. 

“La oposición procede de ellas, no de la realidad. La realidad no se opone a nada. Lo que simplemente “es” no necesita defensa ni ofrece ninguna. Sólo las ilusiones necesitan defensa debido a su debilidad. Mas ¿cómo podría ser difícil recorrer el camino de la verdad cuando la debilidad es el único obstáculo?

“Tú eres el/la fuerte en este aparente conflicto y no necesitas ninguna defensa. Tampoco deseas nada que necesite defensa, pues cualquier cosa que necesite defensa te debilitará”. 

Benito reconocía el poder inmenso que las ilusiones habían tenido en su vida. Era una persona intensa, entregada a sus mundos que se creaba en su interior. Los vivía, los imaginaba, los revivía y los gozaba. Mundos que diseñaba según sus pocos conocimientos de la vida. Mundos que ordenaba según sus apetencias. Estaban muy lejos de la realidad. 

Ninguna de esas ilusiones que dejaron cicatrices en su alma se habían llevado a cabo. Una vez fuera de esas ilusiones, no se comprendía a sí mismo. Reconocía que la vida tenía su ritmo, su paso, sus ocasiones y sus propuestas. Sin embargo, el caía en el error de confundir ciertas experiencias con la realidad, con lo definitivo, con lo total. 

Daba gracias al cielo que una de esas ilusiones no se cumpliera nunca en su vida. Una chica que conoció y, como un cohete de artificio, se le había disparado el amor y se había enamorado totalmente de ella. Una ilusión que apareció con la fuerza de la vida y con la fuerza innata de su fuerza interior. Cuando no se conocía el amor, cualquier sensación se confundía. 

Releía la frase: “Se superan dejando simplemente que la razón te diga que las ilusiones contradicen la realidad”. La realidad lo fue poniendo en su sitio. Esa confusión amorosa no se fue dando en el tiempo. La chica le iba dejando claro que no le interesaba esa relación para nada. Sólo era una amistad. Una amistad agradable, bonita, relajada y respetuosa, pero nada más. 

Admitir la realidad le costó. Sufrió. Se desilusionó con el fardo de la terrible frustración. Pero cuando, tiempo más tarde, conoció al amor de su vida, se dio cuenta del error en el que se había metido anteriormente. La nueva chica le ofreció la realidad del amor. Se fue construyendo poco a poco entre los dos. No era la ilusión tejida en su imaginación. 

No fue la llama de paja que se encendía con fuerza y con fuerza desaparecía de inmediato. Fue una llama serena y constante que iba ganando poco a poco una intensidad fuerte y potente. Nunca había estado más contento. Al comparar la frustración de la primera chica con el cielo de la segunda daba por bueno, por muy bueno, la frustración que sintió. 

Reconoció que se había adelantado a su ocasión, a su oportunidad, a su momento. La vida tenía sus ritmos y sus propuestas. Por ello, reconocía la verdad del texto: “¿Cómo se superan las ilusiones? Ciertamente no mediante el uso de la fuerza o de la ira, ni oponiéndose a ellas en modo alguno. Se superan dejando simplemente que la razón te diga que las ilusiones contradicen la realidad”. 

Benito guardaba esas palabras en su corazón. Seguir la maestría de la realidad le hacía entrar en terrenos de sabiduría. Deseaba caminar por ellos. Con la realidad entraría en el corazón inmenso de la vida.

sábado, marzo 11

EL ESPEJO NOS DESCUBRE NUESTRA VERDAD

Samuel recordaba aquel encuentro con su hermano. Debían realizar unas gestiones conjuntamente y estaban los dos sentados en el coche. Su hermano ocupaba el asiento del acompañante. Mientras conducía su hermano le estaba dedicando toda una serie de reflexiones en contra suya. Lo estaba condenando por ciertas actitudes propias. 

Lo tachaba de egoísta, de manipulador y de salirse siempre con la suya. Continuaba con la idea de falta de solidaridad en las ocasiones familiares donde él no había estado a la altura. Samuel escuchaba esas afirmaciones. No era un motivo agradable de conversación. El tono era inapropiado, el reproche bien claro y la condenación total. 

El viaje continuaba y la mente de Samuel discurría. Una vez pasado el estupor de aquellas reflexiones al ser inesperadas, veía que esas mismas reflexiones se adecuaban completamente a su hermano. Samuel pensaba lo mismo de su hermano. Pareciera que, en lugar de definirlo a él, se estuviera definiendo a sí mismo. Optó por callar. 

Las gestiones que tenían que hacer los dos requería paz y concordia. No quiso continuar con esa serie de ideas. Trató de no ofenderse, ni molestarse. Suavizó el ambiente y pudieron resolver sin ningún inconveniente todos los pasos del proceso que debían solucionar. Esa conversación quedó en su corazón. El tiempo pasó. 

Samuel se vio muy contrariado con aquellas afirmaciones y con el deseo terrible dentro de él de decirle que se estaba definiendo su hermano a sí mismo. Ahora lo veía de forma diferente. Veía con claridad que aquellas energías que se revelaban en su interior contra su hermano partían de un principio muy claro. Si lo que nos adjudicaban con ataque de condenación, nosotros no lo éramos, no nos inmutábamos. 

Ya podían decir lo que quisieran. Si nosotros estábamos libres de esos elementos que nos adjudicaban, la reacción era paz. No nos lo creíamos. No reaccionábamos. No nos molestábamos. La reacción indicaba que nosotros estábamos implicados, en cierta manera, con esa forma de ser que nos decían de una forma censuradora. Samuel sabía que la mentira no ocupaba ninguna parte en su vida. 

Si lo atacaban de mentiroso, no se ofendía. Lo máximo que podría haber sucedido era un malentendido. Otra cosa no cabía de ninguna manera. Por ello, no perdía nunca la paz en ese terreno. Pero, si ante alguna afirmación, Samuel sentía inseguridad dentro de sí, buscaba en su mente el origen para descubrir esa cuestión que parecía que sí tenía en su interior. 

Samuel tenía claro una cosa. No podía atacar a nadie. Todo ataque partía de la misma falta que tenía en su interior. Atacar a otro era hablar de sí mismo. Lo vio claro en la boca de su hermano. Por tanto, no podía censurar a nadie. Y, con este planteamiento, entendía aquel texto: “Cada uno ve en el otro aquello que le incita a atacar en contra de su voluntad. De esta manera cada uno le atribuye sus errores al otro y se siente atraído hacía él para poder perpetuar sus errores”. 

“Y así se hace imposible que cada uno vea que él mismo es el causante de sus propios errores al desear que el error sea real y poder atacarlo en el otro”. Samuel quedaba en suspenso. Su tranquilidad le rodeaba. Veía luz. Fue maravilloso recibir el ataque de su hermano. Se dio cuenta de que aquel ataque definía a su hermano. 

Se dio cuenta de que, al hacerle daño, también él participaba del mismo error condenatorio. La conclusión era evidente. No podía atacar a nadie sin dejar de perpetuar ese mismo error en él mismo. Eso le cambiaba sustancialmente su visión y su forma de pensar. Cada vez que le venía la idea de censurar a alguien, el pensamiento, como un espejo, le devolvía la frase: ese mismo error que atacas es tu propio error. 

Así pudo comprender que, al no atacar al otro, al no atacar a nadie, no se atacaba a sí mismo. Salvando al otro de sus ataques, se salvaba a sí mismo. Ausencia de ataque a los demás, ausencia de ataque a sí mismo. ¡Maravilloso descubrimiento!

viernes, marzo 10

NUESTRO ESTADO MENTAL ES VITAL

Daniel sabía que para preparar bien sus estudios necesitaba paz, tranquilidad, un ambiente propicio y una mente centrada en los temas que debía aprender. Lo había aplicado siempre. Durante el día trabajaba ocho horas diarias, a la tarde-noche iba a las clases. A partir de las diez de la noche, empezaba su sesión de aprendizaje.

Procuraba no llevarse a esos momentos ninguno de los problemas del día, ninguno de los incidentes de la jornada. Su mente debía estar tranquila, no inquieta, relajada y toda centrada en sus pensamientos, en los nuevos conceptos y en los problemas académicos que debía resolver con acierto y con seguridad. Su estado mental debía estar dispuesto. 

En alguna ocasión, la inquietud de su mente se había interpuesto en su actividad de estudio y no le había permitido aprender nada. Él no podía permitirse esa experiencia. Si quería aprovechar sus estudios, no podía dejar de aprender cada día. Era su único camino. Lo había desarrollado y lo había aprendido. 

Cuando leía aquellos pensamientos, entendía su planteamiento. “La razón de por sí no es la salvación, pero despeja el camino para la paz y te conduce a un estado mental en el que se te puede conceder la salvación”. Daniel veía en ese proceso el estado mental que le permitía estudiar. En el camino de la salvación, también se debía alcanzar un estado mental en el que se podía conceder la salvación. Un proceso conocido y practicado. 

“La condenación es como un obstáculo que se alza como un fabuloso portón -cerrado con candado y sin llave - en medio del camino hacia la paz. Nadie que lo contemplase sin la ayuda de la razón osaría traspasarlo. Los ojos del cuerpo lo ven como si fuese de granito sólido y de un espesor tal que sería una locura intentar atravesarlo”. 

“La razón, en cambio, ve fácilmente a través de él, puesto que es un error. La forma que adopta no puede ocultar su fragilidad de los ojos de la razón”. Daniel, ante esa terrible diferencia, se estremecía imaginar ser arrastrado por las ideas de la condenación. La razón era la senda que conducía a la paz y a ese estado mental que facilitada la realización de la salvación. 

Hermosos pensamientos que venían a su mente para evitar los errores, los obstáculos, las trampas del camino que confundían a su mente. Con una idea clara de esos obstáculos, podía decidir con tranquilidad, ese estado mental que practicaba para el estudio y que, ahora, debía ir aplicando a su propia salvación. Toda una maravilla de la vida.

jueves, marzo 9

LA CORRECCIÓN ES EL CAMINO DE LA SABIDURÍA

David entraba en el concepto de dos palabras. Dos palabras que cambiaban radicalmente la actitud de la mente y de la persona frente a la vida y frente a las experiencias. Una palabra era “error”. La otra, “condenación”. Había sufrido mucho con la segunda palabra “condenación”. Parecía que cuando eras condenado ya no había solución para nada.

Era como si fueras arrancado del jardín de la vida y echado a un lugar donde las relaciones ya eran imposibles. Todavía tenía cercana la experiencia de una de sus amigas. Ella había tenido un malentendido con otra compañera. Admitió su error. Le pidió disculpas. Su compañera no se las admitió. No lo consideró error. Lo consideró condenación. Y, ya se sabe, cualquier equivocación en la vida y ya estás condenado. 

David no podía comprender esa actitud en ninguna de las personas que pisábamos esta tierra y vivíamos nuestras experiencias. Nosotros no veníamos a este mundo con un instinto cuyo comportamiento ya estaba dictado por las leyes naturales. Veníamos con la facultad de la libertad. Teníamos la facultad del aprendizaje. Y con esas dos facultades recorríamos nuestro camino. 

Los errores eran normales. De los errores se aprendía. Los errores nos indicaban los caminos que nuestra libertad debía dejar de lado. La libertad era lo supremo que nos distinguía de los animales. La libertad era la facultad maravillosa para ser tenida en cuenta. De ahí, el respeto, la admiración, la consideración de los unos para con los otros. 

David se repetía la frase en latín que había aprendido acerca del error. “Errare humanum est” cuyo sentido era claro: “Es propio del ser humano equivocarse”. A pesar de esa visión clara y precisa sobre nuestra condición, se había echado sobre los seres humanos la idea de la “condenación”. Su amiga, al paso de los años, no había podido recibir la comprensión de su compañera. 

La visión estaba clara. El error había pasado a ser considerado condenación. El error se podía corregir. La condenación no permitía la corrección. La condenación, sencillamente, condenaba. Y David veía que el cambio de error a condenación se instalaba en las mentes de las personas. Eran ellas, en el proceso de su libertad, las que cambiaban las palabras. 

Tachaban unas acciones de “error” y otras, de “condenación”. David veía que debía expulsar de su mente, de su vocabulario, de su consideración, todo lo que vivía en la palabra “condenación”. “La razón puede reconocer la diferencia entre la condenación y el error porque desea la corrección. Te dice, por lo tanto, que lo que pensabas que era incorregible puede ser corregido, y que, por consiguiente, tuvo que haber sido un error”. 

“La oposición del ego a la corrección conduce a su creencia fija en la condenación y a desentenderse de los errores. No ve nada que pueda ser corregido. El ego, por lo tanto, condena y la razón corrige y salva”. David había pasado malos momentos en su familia, con sus amigos y con algunas incidencias particulares de su vida. 

Sin ser consciente, había caído en la trampa de la condenación. Y así, condenaba tanto a los demás como se condenaba a sí mismo. Y la condenación exigía el castigo. Y castigaba a los demás y se castigaba a sí mismo. 

Ante esa frase lapidaria en latín indicando la sensatez en los tiempos pasados de “Errare humanum est”, David se alineaba con esa sabiduría, con la razón para corregir, y con la comprensión razonada para salvar a los demás y a su propia mente.

miércoles, marzo 8

LA RAZÓN DISUELVE EL EGO

Abel acababa de hablar con su amigo. Este le había planteado el problema complejo emocional que tenía en su interior. Por una parte, sentía cierta atracción hacia una persona por su trato estupendo que tenía. Por otra parte, sabía que la inestabilidad que caracterizaba a dicha persona, le llenaba de inquietud. 

Había algo que le gustaría que fuera así. Idealizaba la relación. Le gustaría vivirla imaginada y magnificada. Pero, al mismo tiempo, aparecía cierta angustia interior que no le dejaba tranquilo. La conversación había sido franca, clara, razonada en todos sus puntos y en todos sus efectos. La claridad había funcionado. Cierta sensación de luz había quedado entre los dos. El amigo de Abel había entendido la reflexión. 

“La introducción de la razón en el sistema de pensamiento del ego es el comienzo de su disolución, pues la razón y el ego se contradicen entre sí. Y no es posible que coexistan en tu conciencia, ya que el objetivo de la razón es hacer que todo esté claro y, por lo tanto, que sea obvio”. 

“La razón es algo que tú puedes ver. Esto no es simplemente un juego de palabras, pues aquí da comienzo una visión que tiene sentido. La visión es literalmente sentido. Dado que no es lo que el cuerpo ve, la visión no puede sino ser comprendida, pues es inequívoca, y lo que es obvio no es ambiguo. Por lo tanto, puede ser comprendido. Aquí la razón y el ego se separan, y cada uno sigue su camino”. 

Abel agradecía al universo esa verdad maravillosa de la razón. Había sentido en su interior el bien de muchos hombres mayores razonables que había encontrado en su camino. Sus orientaciones siempre habían sido acertadas, apropiadas y con mucho sentido en su vida. En sus dudas, en sus momentos de desorientación, había agradecido esas palabras llenas de razón, llenas de visión, llenas de verdad. 

El mundo del ego se modelaba desde la visión personal de cada uno. Las imaginaciones, las idealizaciones y las fantasías pululaban en el reino del ego. Nos adaptábamos todas las circunstancias a nosotros mismos. Tenía mucho atractivo para la persona que soñaba. Sin embargo, había, en nuestro interior, ese dejo de desconfianza que no las tenía todas consigo. Pero, como un niño empedernido en sus cuentos, nos aferrábamos a nuestras ilusiones de forma desmedida. 

Solamente una actitud razonada, desde una tranquilidad absoluta, podía decidir cuánto de real podían hacerse esas fantasías, cuánto de irreal contenían en ellas. El mundo del ego chocaba con el mundo de la razón, de lo razonable. Sus diferencias se imponían. “Aquí la razón y el ego se separan, y cada uno sigue su camino”. 

Abel había encontrado el antídoto del ego. Abel había comprendido ese reino del ego mucho mejor. Sabía que el desarrollo de su razón iría disolviendo ese mundo del ego irreal y fantasioso. La vida descorría su velo ante la realidad. La razón alcanzaba a ver, con esa visión maravillosa llena de sentido, aquello que nos unía a todos. 

Maravillosa razón que deshacía el ego, que proporcionaba el sentido de la comprensión, del entendimiento, de la unión y de una total universalidad. Abel recibía el asentimiento de su amigo en aquella situación donde el ego y la razón se habían enfrentado. La paz se hizo presente con la aceptación de la razón. Todo había quedado claro. La razón era el secreto de la sabiduría de nuestra mente y de nuestro corazón.

martes, marzo 7

TU FENOMENAL "PRESENCIA CONSCIENTE"

Josué recordaba las palabras de su amigo aquella mañana. Le había dicho que se había puesto delante del espejo y le había dicho a su propia imagen: “hoy no vas a ganar tú. Hoy voy a ganar yo la batalla del día”. Claramente se veía una partición en la persona. Una estaba dentro del espejo. La otra estaba fuera. Josué se quedaba pensativo con esa afirmación. Era difícil aceptar que una batalla fuera librada en un mismo nivel y fuera resuelta. 

Tenía en la mente el principio de resolución de conflictos. Cuando un conflicto surgía en un determinado nivel, había que subir al nivel siguiente para resolverlo. De otro modo, nunca podría solucionarse. Había un error en el enfoque del problema, un error en la consideración de la situación. ¿Cuál sería el nivel al que habría que recurrir para encontrar la superación del problema?

Había una lucha y había un enfrentamiento entre las dos partes de la misma persona. Y, en la lucha, ya se sabía. Unas veces ganaba una parte; otras, la opuesta. Sería una lucha continua la que se iría librando cada día. No era un alivio pronunciar esa frase cada mañana. La lucha no cesaría. Josué quería encontrar el modo de terminar con esas luchas. 

El nivel en el que veía a su amigo era el nivel de implicación. Estaba totalmente envuelto con todos los asuntos que le llegaban. Los sentía, los vivía, los sufría y los gozaba en momentos. Estar conectado con esa implicación le hacía sufrir, gozar, llorar, desesperarse, pedir por ayuda, desorientarse en momentos y volver a encontrar la esperanza y la superación. 

Tenía que existir un nivel superior. Un nivel donde no se viera tan aturdido, tan atacado por él mismo, tan desconcertado que perdiera su propia confianza. Y, al perder esa confianza, se culpara a sí mismo. Toda una serie de pensamientos que se cruzaban en su mente. Pero, la pregunta surgía: “¿Era él su mente?

En el nivel de la mente se entendía el enfrentamiento. Nuestra mente era variable. Podía representar, en momentos distintos, a diferentes personajes. Así que la mente era un campo de batalla. ¿Había algo más allá de la mente? Josué había leído, hacía poco tiempo, que había una “Presencia Consciente”. Esa "Presencia Consciente" no se oponía a nada. Por ello, admitía todos los tipos de mentes y todo tipo de implicaciones. Nunca se quejaba. 

Eso le dio una pista. En el nivel de la mente había implicación. Cada persona reaccionaba según su interés en el tema. En el nivel de la “Presencia Consciente” no existía la implicación. Y para no implicarse no había que reaccionar. Todo se aceptaba y todo tenía su sentido. Cuando uno se implicaba, separaba en partes buenas y malas. Cuando no había implicación, se buscaba la armonía entre todo. 

La mente no buscaba la armonía. Por ello, el amigo de Josué estaba frente al espejo en la lucha de cada día. La “Presencia Consciente” encontraba la armonía y el lugar de todo. La implicación desaparecía. Y, con ella, la luz, la claridad de la comprensión invadía todos los planteamientos. Se anulaba la lucha y la paz reinaba desde esa “Presencia Consciente”. 

Josué había encontrado ese nivel superior que deshacía el conflicto. Su rostro sonreía, su alma se calmaba, su pensamiento seguía sus razonamientos. Todo tenía su lugar en esa “Presencia Consciente”, donde no había lucha ni implicación.