Abel se quedó pensativo ante la afirmación de uno de sus profesores admirados. Le dijo que se tomaba demasiado en serio. Todo lo que afirmaba lo hacía con una fuerza inusitada y parecía que era una verdad absoluta. Esa expresión de su forma de ser nunca lo abandonó.
La implicación que tomaba con cualquier tema, idea, o concepto que entendía, era total. Pero con el tiempo descubrió que su percepción era parcial y no podía contener, en muchas ocasiones, toda la verdad. Fue relativizando algunas opciones que había tomado y empezó a buscar la esencia que lo dirigiera todo.
“El problema de la autoridad es en realidad un problema de autoría. Cuando tienes un problema de autoridad, es siempre porque crees ser tu propio autor y proyectas ese engaño sobre los demás”.
“Percibes entonces la situación como una en que los demás están literalmente luchando contigo para arrebatarte tu autoría. Éste es el error fundamental de todos aquellos que creen haber usurpado el poder de Dios”.
“Esta creencia les resulta aterradora, pero a Dios ni siquiera le inquieta. Él está deseoso, no obstante, de erradicarla, no como un castigo para Sus Hijos, sino tan sólo porque sabe que les produce infelicidad”.
“Las creaciones de Dios disponen de la auténtica Autoría, mas tú prefieres permanecer anónimo cuando eliges separarte de tu Autor. Al no tener certeza con respecto a Quién es tu verdadero Autor, crees que tu creación fue anónima”.
“Esto te pone en una situación en la que lo único que parece tener sentido es creer que tú te creaste a ti mismo. La disputa acerca de quién es tu autor ha dejado a tu mente en tal estado de incertidumbre que ésta puede incluso llegar a dudar de que tú realmente existas”.
Abel empezaba a entrever la esencia de tomarse demasiado en serio. La seguridad que buscaba en su interior, la seguridad de compartir sus hallazgos, la fuerza con las que los compartía era una búsqueda de seguridad interior por reafirmarse.
Era una forma de aferrarse a algo sólido producto de su mente, de su reflexión, de sus lecturas y de sus hallazgos. Toda esa búsqueda de seguridad se disolvía con la aceptación de la autoría divina y la aplicación de esos principios divinos a su vida.
Su experiencia respondía estupendamente. Y su verdad ya no necesitaba de fuerza, de persuasión, de compromiso. Todo se desarrollaba desde la paz porque la seguridad ya había sido alcanzada. Él no era el autor de nada. Dios lo era de todo. Y aceptaba ese principio con todo su corazón.
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